cajones de la mesas y los polvorientos recovecos de las estanterías. ¡Qué barbaridad!, ¡esto es Babilonia! ¡se le va a caer el pelo!... eran algunas de las expresiones que les oía murmurar. ¿Cómo se había llegado a esta situación?
Recuerdo que tras volver de las últimas vacaciones veraniegas, luciendo unas lustrosas y abundantes patillas (empeño modernizador de mi señora esposa), trabajo me costó convencerle que se trataba sólo de una cuestión estética y no un símbolo de rebeldía o la prueba evidente de ser un infiltrado al servicio del Politburó.

Lo cierto es que yo he sido siempre una persona de orden y nunca fui un
yeyé melenudo de aquellos. Y aunque ahora todo el mundo alardea de haberle tirado adoquines a los
gendarmes parisinos en el
sesenta y ocho (en España no debió permanecer nadie aquel mes de
mayo por lo visto, aunque sospecho que la mayoría se quedó en
Perpignan viendo películas
verdes) o corrido delante de los
grises lanzando octavillas, he de admitir que yo no hice nada de aquello. Y eso que el
Régimen siempre me la trajo floja y estaba encantando con todo eso de la
transición, la democracia, la libertad sin ira y las revistas con tías en pelotas.
Verán, es que entre otras cosas no tuve tiempo. Nada más terminar con el
Servicio a la Patria, allá por el sesenta y siete (la puta
mili, creo que la llaman ahora), entre a trabajar de
hortera en el negocio de un primo de mí madre. Bueno, no es que fuera un
macarra de aquellos con pantalones de
tergal estrechos en la zona del
paquete y anchas patas de campana, camisas de cuellos gigantes, entreabiertas para mostrar el pelo del pecho y... sí hombre, esa fauna de machotes que se acodaban en la barra de las
boites girando en una mano las llaves del
seiscientos y un vaso de tubo con
wiskhey en la otra; susurrando a cualquier
jamona que pasara por allí
"Chati ¿quieres una copa?" No, quiero decir en el antiguo sentido de la palabra, o sea,
mancebo de ciertas tiendas de mercader, en este caso de un comercio de tejidos. Allí entre enormes estanterías llenas de telas de todo tipo y clientas gordas trabaja también
Petrita, recientemente llegada del pueblo y pariente lejana de los propietarios. Y entablamos
relaciones. Honestas, por supuesto.

La cosa es que todos en buena compaña acabamos desplazándonos un sábado al pueblo para disfrutar de las fiestas en honor de
San Onofre Decapitado, patrón de la localidad. Durante la
verbena procuré no separarme un metro de
Petrita y su numerosa parentela. Sobre todo por las miradas asesinas que me echaban los mozos y por los comentarios que de vez en cuando podía cazar al vuelo:
"rediez con los lechuguinos de la ciudad, ¡que vienen a quitarnos las mozas...!" "...en cuanto se despisten las carabinas, al pilón con él... o mejor, le tiramos por el barranco" A pesar de las amenazas territoriales de aquellos palurdos y teniendo en cuenta que (aunque aquéllo no era precisamente
San Francisco sino un poblachón mesetario) aquel
verano de 1967 era el
verano del amor o puede que por el efecto del vinazo de la tierra, lo cierto es que aprovechando el tumulto que se organizó en la plaza cuando el
conjunto que amenizaba el cotarro comenzó al tocar
la yenca (¿o quizás fuera el
Kasachoff?)
Petrita y yo acabamos en el pajar de su tío
Virgilio. Allí, entre mugidos, cacareos y rebuznos, y como se decía en las radionovelas de la época,
la poseí. Tres veces.
Como
Petrita se había quedado en el pueblo para ayudar en la recogida de la cosecha de garbanzos (o puede que fuera alguna otra leguminosa que daba lustre y fama a la localidad) me olvidé de aquella noche de lujuria, hasta que un día que estaba en la trastienda comiendo un bocadillo de sardinas, me avisaron de que un señor con cara de malas pulgas preguntaba por mí. Al principio no le reconocí, aunque aquella única ceja sobre ambos ojos me resultaba familiar. Además, me extrañó la astrosa gabardina que lucía a pesar de ser finales del mes de agosto. Parecía un
Humphrey Bogart achaparrado con alpargatas y boina. En un principio empezó a decir no se que cosas sobre ¡un pajar!... y entonces le reconocí ¡aquel fulano era el tío
Virgilio!

Lo primero que se me vino a la cabeza fue que que en nuestro frenesí concupiscente habíamos aplastado alguna gallina y aquel gañán venía a pedirme cuentas; pero antes de que pudiera decir nada, y como si se tratara de un mafioso napolitano, continuo desvariando sobre el
honor familiar hasta que soltó la bomba, o mejor dicho, lo del
bombo... ¡y no hablaba de ningún instrumento de percusión! Entonces comprendí el objeto de la gabardina: entre las solapas asomaba ligeramente lo que parecían ser los sendos cañones de un
escopetón con el aspecto de poder partir en dos a un rinoceronte adulto de un sólo disparo.
"¡Sí,señor! yo... ¡me caso!" Fue lo único que se me ocurrió decir. ¡A la vicaria de cabeza!
No sé si sería por los garbanzos de su pueblo, por mí puntería infalible o por que
Petrita le cogió gusto a eso de la
preñez, lo cierto es que cuando me quise dar cuenta podía optar al
Premio Nacional de Natalidad y ya me veía saliendo en el
NODO visitando el
Pardo. Afortunadamente para las finanzas familiares un hermano de mi padre, que era comisario de la
Brigada Político Social de Barcelona, me consiguió un enchufe para entrar de meritorio en los
Juzgados. El sueldo era una mierda pero el trabajo funcionarial me permitía dedicar las tardes al deporte nacional de aquellas fechas:
el pluriempleo. La contabilidad de una droguería, cobrar facturas de un montepío, venta a domicilio de ollas express y aspiradoras... lo que fuera.

Pero volvamos al año
setenta y siete y la incorporación de aquel magistrado
progre a la
covachuela judicial. Al día siguiente pidió que le lleváramos a su despacho todos los expedientes de aquellos que se encontraban ingresados en prisión. Bueno, en realidad todos aquellos
homosexuales, drogadictos, trileros, putas, mendigos y algún que otro
enajenado no estaban cumpliendo penas, sino simples
medidas de seguridad ya que
no habían cometido ningún delito, en suma se suponía que estaban en un peligroso estado
predelictual. Una putada. Naturalmente que por allí no pasaban las putas finas ni los asiduos a ciertos locales de la zona elegante.
Recuerdo la que se montó unos años atrás cuando un teniente de la
Policía Armada recién llegado a la ciudad y, supongo, deseoso de hacer méritos, se empeñó una noche en hacer una redada en uno de aquellos bares tan finolis sin contar con la superioridad. Aquello fue todo un espectáculo. Entre aquella panda de
locazas, el que no era hijo de un concejal, era sobrino carnal del Gobernador Civil de Tarragona o primo hermano del Vicario Castrense. Hasta el
mariposón aquel disfrazado de
Sarita Montiel resultó ser un general de la
Brigada Acorazada Brunete que andaba de parranda por Barcelona. Naturalmente los teléfonos comenzaron a echar humo y se dio carpetazo al asunto. En cuanto al Teniente, fue fulminantemente trasladado al
Aaiún con la importante misión de contar boñigas de dromedario.
Como el magistrado del
Juzgado Nº Uno se encontraba ausente, y por tanto el nuevo juez, se ocupaba también de aquel Juzgado, repitió la jugada. En total contabilizamos unos 250 encarcelados y a la mañana siguiente se largó acompañado del
Secretario Judicial a recorrer las prisiones y
¡los puso a todos en la calle! Bueno, excepto a los zumbados peligrosos. Estábamos en plenas navidades, así que sólo les faltó ir disfrazados de
Los Reyes Magos o de
Papa Noel para dar la campanada total.
El hombre lo tenía claro. ¿No decía la
Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 (por cierto, calcadita de la
Ley de Vagos y Maleantes promulgada por la
República en
1933, cosa que el facha de
Palomeque no se cansaba de recordar a algunos de aquellos leguleyos
rojeras y barbudos que se dejaban caer por allí) que las medidas de seguridad habrían de cumplirse en
establecimientos especiales dotados de personal idóneo? ¿No dice el
Código Civil que
las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas? Pues como no existía nada de lo previsto en la Ley y, en la práctica, los declarados en estado de peligrosidad social acababan ingresando en las prisiones normales, acordó la puesta en libertad de todos ellos. Eso por no hablar del principio
nom bis in idem.

Desde ese momento no se volvió a tramitar un expediente. ¡Oh! bueno, la Policía nos seguía llevando
detenidos, así que se abría la correspondiente
causa, se le tomaba declaración y...
¡el detenido a la puta calle y el expediente al archivo! Fin de la tramitación. Sí había cometido un
delito o
falta ya se encargaría del asunto el correspondiente
Juzgado de Instrucción.
¿Y los funcionarios de aquel Juzgado? pues nos convertimos en unos consumados jugadores de
mus, brisca, julepe, chinchón o cualquier otro juego de naipes que se les ocurra, alguno consiguió terminar la carrera de
Perito Mercantil, otro logró incluso leerse integro los
Hermanos Karamazov y hasta el
carcundia de
Palomeque dedicó sus últimos años de servicios a devorar con entusiasmo inusitado el
Interviú, El Papus o
El Lib. Yo por mi parte, me
hinché de vender ollas
Magefesa.
NOTA DEL EDITOR: En 1980 la mismísima Audiencia Nacional abrió una "información" sobre la situación de aquel Juzgado, resultando el Magistrado insumiso sancionado con la sustitución y deportación, aunque no separado de la carrera judicial. Finalmente las altas instancias judiciales decidieron buscarle un destino donde dejara de darles el coñazo ¿cuál? ¡la Sala de lo Social del Tribunal Supremo!
En cuanto a "La Gandula", todavía le quedaba un amplio recorrido a pesar de la escandalera montada por la prensa y la opinión pública, aunque ya estaba herida de muerte: Las Sentencias del Tribunal Constitucional de 1986 y 1987 que declararon inconstitucionales muchos preceptos de la misma, la Instrucción del Fiscal General del Estado en 1991 ordenando a los Fiscales que no solicitasen las medidas previstas en la Ley... hasta la definitiva derogación de tan ignominiosa norma en el Código Penal de 1995.
Dedicatoria.- Con cariño a Joselito, quien durante cincuenta años fue cocinero, niñera, empleada de hogar, mayordomo y lo que se terciara en casa de mis abuelos y posteriormente de mis padres. Recuerdo haberle oído describir como el momento más amargo de su vida la noche que pasó en un piojoso calabozo, acusado de escándalo público por el terrible delito de cantar unas coplas en un bar. No tanto por las horas privado de libertad, sino por las humillaciones, vejaciones y trato degradante a los que se vio sometido. Afortunadamente, y siendo mi padre oficial del ejército, su personación en Comisaría basto para liberarle. Al fin y al cabo, aquel "peligroso invertido" era quién cuidaba de sus hijos.