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miércoles, 22 de julio de 2009

Historias del Funcionariado contadas por sus protagonistas. Capítulo V: "El Instrumento".

Debió ser a principios de la década de los sesenta y aquella mañana del mes de agosto me encontraba frotando una bola de miga de pan contra la inscripción de nacimiento del décimo hijo de la señora Ambrosia. Se me fue el oremus y en vez de anotarlo con el nombre de Eufrasio había escrito Eustáquio, así que inclinado sobre el Libro de Actas de Nacimientos intentaba corregir el desaguisado. Con mucho cuidado intentaba borrar la tinta sin hacer un agujero en el pliego cuando me sobresaltaron unos golpecitos contra la ventanilla.

Con el Alguacil ausente, con la excusa de ir a la fuente de la plaza a llenar el botijo, el resto del personal de vacaciones y el Secretario en un amojonamiento, me encontraba sólo en aquel momento en el despacho, así que me acerqué al mostrador de la entrada y pude observar en el hueco la cara sudorosa y coloradota de una campesina.

–¡El señol jues!... ¿a dondi está el señol jues.?.. Si entoavia está vivo es por que no tienin el instrumento... ¡tengo que ver al señol jues!...

¡Jolines! aquella moza debía de ser de una de esa paupérrimas aldeas de Las Hurdes, así que podía estar hablando una hora sin que yo me enterara de nada. Como sí parloteara en chino. Entre sollozos continúo un rato soltando palabrejas incomprensibles

Afortunadamente en aquel momento regresó el alguacil, más conocido en el municipìo como "el Torrijas", de llenar el botijo en el pilón (y de vaciar una frasca de tintorro en la tasca del señor Benito, a juzgar por su aspecto y el mondadientes que llevaba en la boca). Siendo natural de allí, él podría entender aquella jerigonza.

Rediez!, zagala, ¿Para que quieres ver al Sr. juez?

Entre sollozos y con aspecto de poder darle un patatús en cualquier momento volvió a soltar un discurso, del cual sólo entendí en varias ocasiones la palabra instrumento.

-Pues aquí la moza, que dice que el Sr. Juez de Paz de Pinofranqueado ha condenado a su marido a la pena capital y que están esperando a que les manden de la Dirección General el instrumento para darle matarile. Dice también que aunque no sabe leer ni escribir en el zurrón lleva un papelote donde lo dice. Que sí lo quiere Vd. ver.

¡Caracoles! pues claro que lo quería ver. La hoja de papel que sacó del saco resultó ser la copia obtenida con papel carbón de una sentencia dictada en un jucio de faltas, cuyo fallo decía: Por la Autoridad que me concede el Jefe del Estado, Generalísimo Franco, debo condenar y condeno a Indalecio Perea Salmón a la pena de muerte, como autor criminalmente responsable de una falta de pastoreo ilícito...

En un principio pensé que aquello debía ser un bromazo de los quintos, pero estos eran más dados a bromas... ¿cómo les diría?... menos sutiles: meterle al tonto del pueblo un cohete sobrante de las fiestas por el culo y encender la mecha, emborrachar a un buey, dar de beber al novio durante el convite de una boda una porrón lleno de meados de burra... y cosillas por el estilo. Sí esto era una guasa, me pareció demasiado elaborada para sus seseras. Me fui pitando al despacho del juez.


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He de confesarles que en un principio aquel juez me pareció un tipo raro, como mínimo peculiar. Yo asociaba la lectura de tebeos a la infancia, así que me dejó amoscado ver a un señor magistrado leyendo historietas gráficas cuando no había trabajo. Un día que entré en su despacho, eché un vistazo a aquellas revistas y libros que tenía sobre su mesa. Resultó que no se trataba del Guerrero del Antifaz o Roberto Alcázar y Pedrín, sino de un tío que se llamaba Flash que viajaba de la luna a Venus, y de allí a Marte, con la misma facilidad que yo iba a Cáceres, detectives con gabardina que se pasaban el día tomando whiskeys y dando tortazos a rubias frescachonas o un fulano enmascarado con una calavera en el cinto, al que si le veías la cara, la diñabas.


"Este ha acompañado hoy al alguacil a llenar el botijo
"... decía la mirada de S.Sª cuando acabé de relatarle lo sucedido, pero tras entregarle el folio de la sentencia y quedarse unos minutos con el aspecto de un besugo al horno, pegó un brinco de su silla

-Rápido, provease lo necesario para que se persone aquí de inmediato el Juez de Pinofranqueado.



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Puesto que era la hora en que la seña Josefa, encargada de manejar la centralita del pueblo, cotorra oficial de la localidad y bizca para más señas, se marchaba a dar de comer a las ovejas ni me molesté en coger el teléfono; me dirigí al cercano cuartelillo de la Guardia Civil.

-¡Pues claro que sí, majete! -me dijo alegremente el cabo, al tiempo que se retorcía las puntas de sus kilométricos mostachos. Volviéndose hacía un guardia que sesteaba en un rincón de la habitación pegó un buen bocinazo- Oye, Bermúdez, ¿El Juez de Paz de Pinofranqueado no es el Agamenón?

-Mismamente, mi cabo, -respondió el número -el dueño de la tienda de ultramarinos.

-Pues cagando leches agarráis tú y Manzaneque el dos caballos y lo traéis de la oreja. Que le quiere ver el Sr. Juez de Instrucción.

No sé si debí decirles que no hacía falta que le pusieran los grilletes.



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Un par de horas después llegó el Juez de Paz, sofocado y sorprendido de la premura con que le había llamado el Juez de Instrucción de Hervás, su superior natural. Le hice pasar el despacho, donde aquel, la señora del penado y el Secretario (ya regresado del amojone) esperaban impacientes y expectantes su llegada. Discretamente me queda de pie junto a la puerta. ¡Aquello no me lo quería perder!

-Don Agamenón... ¿me puede decir Vd. que significa esto? -le dijo el instructor mostrándole la sentencia

-Pues... lo que dice el papel, D. Salvador, el Indalecio ha sido juzgado y condenado conforme a las previsiones de la Ley y se ha comunicado la sentencia al Ministerio, que por cierto, ya nos ha mandado el instrumento por conducto ordinario. En cuanto al Verdugo, parece que llega mañana en el coche de línea. Además el Indalecio es un canalla, un delincuente y...

-¡Pero hombre de Dios! ¿No sabe Vd. que por una falta sólo se puede condenar con multa o unos días de arresto domiciliario? ¿No se ha leído Vd. el Código Penal? ¡A ver!, dígame lo que ha hecho ese hombre. -preguntó el Juez

-Mire, Don Salvador, yo de Códigos no sé mucho, pero es que el Indalecio metió sus cabras a triscar en la finca del Sr. Alcalde, y no hará falta que le recuerde que es también el Jefe Local del Movimiento, y la han dejando como un erial. Hasta el huerto de berzas...

-¡Berzas! -le interrumpió el Magistrado- Pues en recurso de apelación, debo revocar y revoco en este acto la sentencia dictada por Vd. y condeno a Indalecio Perea Salmón a que pague una multa de siete pesetas y que indemnice al Sr. Alcalde con cinco duros. Ya puede estar Vd. devolviendo el Garrote Vil al Ministerio por el mismo conducto de su recibo y dando aviso para que el ejecutor se vuelva a su casa ¿Me ha entendido?

Levantando la vista hacía mí, continuó diciendo

-Y a partir de hoy, cuando un vecino solicite que quiere verme... ¡lo hacen pasar de inmediato a mí despacho!... por lo que pueda pasar.



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Y así termino aquel incidente, aunque con toda aquella agitación la mañana se había pasado volando y ya era hora de marcharse a comer. Sobre mí mesa continuaba abierto el tomo de las inscripciones de nacimientos con el entuerto por resolver. Dando un suspiro lo cerré y lo coloqué en su sitio de la estantería... ¡que se joda el niño! ¡ya se enterará que legalmente se llama Eustáquio cuando le toque hacer la mili! y para entonces... a saber por donde andaré yo.



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NOTA DE LA REDACCIÓN.- El suceso como tal (en el que nos hemos permitido las oportunas licencias) parece ser que es real y en su libro "El Circo de la Justicia" Josep María Loperena se la atribuye al Magistrado Salvador Vázquez de Parga, fallecido hace unos meses. Nombre, este último, conocido por todo buen aficionado a los comics y la novela negra. No en vano ha sido uno de los grandes teóricos del tebeo e historiador de la cultura popular en España.

1 Comentar:

Funcionario's blog dijo...

Sois unos novelistas consumados. Tomo I de estas historias ya mismo.

PD. Lo peor es que esto debía ser así de verdad, que no es un chiste.

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