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domingo, 26 de julio de 2009

RELATOS DE VERANO:El Expediente Eterno (Reposición)


EL EXPEDIENTE ETERNO
Un Thriller que nos descubre el lado más lóbrego de la sociedad funcionera-judicial.
Héroes crepusculares, asesinos desalmados, expedientes disciplinarios, lagartonas sin escrúpulos...
¡... y mucho más!



Cuando desperté, estaba tirado en medio del depósito de piezas de convicción como mi madre me trajo al mundo. Me dolía enormemente el colodrillo y al palparlo noté un chichón del tamaño de un melocotón mediano, así que…

Pero creo que será mejor que empiece por el principio. Una mañana del mes de julio para ser exactos. Serían las nueve y media y no hacía ningún trabajo en aquel momento, sólo practicaba el balanceo de piernas. El Juzgado estaba en silencio, únicamente roto por el suave tac tac de los teclados, y una brisa cálida entraba por las ventanas moviendo las diminutas partículas de polvo como polen flotando en un solar vacío.

Estaba pensando en ir a tomar un café cuando una mujer se sentó en la silla que tenía frente a mi mesa. Era una chica muy compuesta, un poco afectada, de pelo castaño cuidadosamente peinado y vestía un anticuado traje sastre malva. No llevaba ni colorete, ni carmín, ni joyas y sus gafas sin montura le daban un aire de sabelotodo. Sabía que era Gestora en algún Juzgado de la planta y jamás había cruzado una palabra con ella, de hecho ignoraba hasta su nombre.

— ¿Es Vd. Galíndez, el detective?— preguntó con una vocecilla apenas audible.
Contesté que era Galíndez, Funcionario al servicio de la Administración de Justicia.
Se sonrojó.
— Entonces me marcho, me deben haber informado mal—dijo precipitadamente haciendo ademán de levantarse.
— Tranquila hermana, es cierto que me he ocupado de algunos asuntillos para el Decano, pero, ya sabe, siempre de manera extraoficial y discreta.
Abrió desmesuradamente los ojos.
--¿Entonces es verdad que se ocupó Vd. del caso de la desaparición del papel higiénico del Servicio de Señoras y del secuestro y decapitación del osito de peluche de la Secretaria del Social?—

Sonreí mientras abría el cajón de mi escritorio y sacaba un termo de café.
—Seguro que me va a contar una larga historia, echemos un trago

Disfruté observando su cara de reprobación mientras vertía un par de dedos del oscuro licor en una taza de cerámica con el logotipo CCOO.
—Soy Vanesa Muñoz y llevó asuntos Civiles en el Juzgado nº 6 –dijo, hablando de repente muy rápido, como si me pagara por horas —no encuentro un procedimiento de los que tramito…
Y se quedó allí callada, observando mi rostro, supongo que esperando que yo pegara un brinco o algo así.
¿Y…? ,— dije tras unos segundos de silencio.
— ¿Le parace poco?... se trata de un pleito importante, 15 tomazos, de los años setenta, un montón de dinero, diez partes personadas, anotaciones de embargo, cancelaciones, incidentes, piezas separadas, litisconsorcios pasivos necesarios, tasaciones de costas impugnadas… unatortura… ¡y ha desaparecido!

En este punto, parecía que fuera a ponerse a llorar, así que tras vaciar la taza de un trago adopté mi tono más paternal al tiempo que la miraba fijamente.
–Escuche –le dije —todos los días desaparecen expediente, oficios, piezas de convicción, escritos… Ayer, sin ir más lejos, no encontraba mi cajita imantada para los clips y esta mañana, ¡voila!, vuelve estar encima de mi mesa. Quizás lo archivó erróneamente o algún compañero lo cogió para algo… pero siempre aparecen tras unos días. No se preocupe.

Escuchó mi discursito sin inmutarse y de repente se inclinó hacía delante, mirando a su alrededor.
—Llevo una semana buscándolo —susurro— además han registrado mi mesa y todo lo referente al expediente ha desaparecido del ordenador.

En ese instante debí de mandarle a paseo y esconderme debajo de la mesa o ponerme a registrar atestados como un loco. Borrar un procedimiento del Libra no era algo que pudiera hacer ningún informático de tres al cuarto. La banda del CAU (Centro de Atención a Usuarios) tenía que estar pringada y con esos tipos no se puede jugar. Si te entrometes en sus chanchullos te mandan un virus que te fríe el disco duro del ordenador. A continuación recibes la visita de un técnico que, cuando menos de te lo esperes, saca una aceitada ametralladora Thomson del maletín de herramientas y entonces… el que se queda frito eres tu.

—Está bien —dije al tiempo que inclinaba mi sillón giratorio hacía atrás— me ocuparé del asunto. Cobro veinte Euros por día más gastos. Anóteme todos los datos que recuerde del expediente…
Le proporcioné unos folios desechados de la impresora y el roñoso bolígrafo con el que firman los chorizos y encendí un cigarrillo con un fósforo, mientras ella escribía. Cuando terminó colocó cuidadosamente el bolígrafo sobre la mesa.
—Tengo que marcharme —me dijo— El nuevo Secretario es muy estricto y seguro que me ha echado de menos.
Se levanto muy despacio arreglándose cuidadosamente la falta y la observé atravesar la sala con un trotecillo menudo y nervioso.

Al pasar junto a la mesa del Sr. Petit, un tramitador con pinta y modales de play boy marbellí desfasado, éste siguió apilando procedimientos sin levantar la cabeza y ¡esto sí que era extraño! La chica no es nada del otro mundo pero normalmente a este fulano le pones delante una escoba con faldas y le sale la testosterona por las orejas. En esta ocasión… nada. Ni una furtiva mirada a las nalgas… ¿pelarán cebollas juntos estos dos? Me prometí a mi mismo vigilarle estrechamente..


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¿Conocen la tasca Antolín en la calle Comandante Villahermosa? Cuando yo era un mocoso ya estaba allí. Y por lo que sé, cuando a mi padre le empezó a salir bigote también lo estaba. Y probablemente cuando se derritan los casquetes polares allí seguirá. Necesitaba información sobre pleitos antiguos y aquel era el sitio apropiado, así que recorrí los doscientos metros escasos que le separa de los Juzgados y entré. El local era pequeño y se encontraba en penumbra, tenuemente iluminado por la escasa luz que se filtraba a través de los cristales esmerilados de la puerta. En cuanto a su decoración... ¡Ejem!, para no extenderme les diré que allí no triunfaban las últimas tendencias zen o minimalistas. Era una tasca-tasca, con su barra y el borrachuzo del barrio a un extremo de esta. Y poco mas. Al otro lado un viejete sesteaba escuchando una radio a pilas.

—Un cafelote bien cargado –pedí
Se metió una mano en el sobaco y se rasco ostensiblemente. No hizo ningún otro movimiento.
—¿Arábigo, turco o torrefacto?
—Échele todo lo que esté incluido en el precio.

Me lo sirvió con parsimonia en una taza más grande que un orinal. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y pude observar al fondo del garito al fulano a quien había venido a buscar. Se encontraba sentado ante una pequeña mesa redonda de madera, atestada de papeles, códigos legales manoseados y una enorme máquina de escribir Olivetti Línea 98, una antigualla que tenía un carro en el que se podía meter una sábana de matrimonio.


—¡Hola Peláez! —saludé alegremente— ¿Cómo le va?
Sorprendido, levantó la cabeza de la montaña de papeles y tras reconocerme esbozó una ligera sonrisa.
—¡Hombre!, pero sí es Galindito, perdone majo pero estoy tan enfrascado en el trabajo que no le he oído entrar. Venga siéntese aquí —dijo con voz cavernosa, al tiempo que apartaba una silla de la mesa.


Su rostro era una máscara de cuero, con labios sin sangre, nariz puntiaguda, sienes hundidas y los lóbulos de las orejas curvados hacia fuera. Las delgadas manos, semejantes a garras, lucían unas uñas manchadas de tinta azul y descansaban blandamente sobre la mesa. Algunos mechones de cabello blanco y pajizo colgaban del cuero cabelludo como flores silvestres luchando por la vida sobre la roca pelada. ¿Han visto alguna película de Boris Karloff?. Pues clavadito.

Nadie sabía muy bien cuál era su edad o cuándo había ingresado en la Administración de Justicia, aunque, por su aspecto, muy bien pudo acceder como meritorio en el Tribunal de Torquemada. Nunca se le conocieron esposa, hijos, familia o relaciones personales ajenas al funcionariado. Lo que sí fue sonado fue su jubilación: el Decano tuvo que llamar a los GEOS para que lo sacaran a rastras del Juzgado, bueno, a él y al archivador al que se había encadenado. Después de aquello se pasó tres años remitiendo oficios, suplicatorios y memoranduns al Ministerio para que le concedieran la Raimunda, hasta que algún listillo le envío una chapa de coca-cola incrustada en un diploma.

—¡Vaya!, me alegro una enormidad encontrarle aquí querido Peláez —le dije aparentando entusiasmo —resulta que tengo una sobrina que está escribiendo una tesis de fin carrera sobre escándalos económicos y sistema legal del Franquismo Intermedio, Y claro, enseguida he pensado en Vd. para que la ilustre.

Habituado a que cualquier funcionario huyera de él como de la peste, la oportunidad que se le presentaba de darle la brasa a un incauto que voluntariamente se prestaba ello, le hizo salir inmediatamente de su letargo.
—Qué casualidad, estimado compañero. Precisamente acaba de terminar un informe que tengo intención de remitir a ese chico de Arenas de San Pedro tan simpático, un poco ye-ye, pero aplicado sin duda —al tiempo de decir esto me alcanzó un mazo de al menos 500 folios manoseados y amarillentos, de tamaño no normalizado y mecanografiados a un solo espacio.

—Como podrá observar —continuó— en el apartado 55.10.1., se hace mención a escándalos muy sonados de la época: Sofico, Matesa
—Sin duda todo esto le resultará muy instructivo —le interrumpí— pero ella está más interesada en asuntos más… domésticos ¿Le suena a Vd. una demanda contra una empresa que se llamaba…? —Consulté brevemente las notas de la Srta. Muñoz y dije con solemnidad —Confecciones e Hilados del Bajo Tiétar S.A.
Su rostro pasó inmediatamente del amarillo pergamino a un tono verdoso, al tiempo que se tomaba de un solo trago su tazón de espeso café con un chorrito de tinta para tampones.

—Pues… esto... ¡ejem!... no me suena nada ese nombre —respondió bajando la vista — pero como le iba diciendo en el informe se contienen las claves para solucionar todos los problemas de la Justicia —mientras decía esto último, se colocó ceremoniosamente unos manguitos negros en los antebrazos y una visera de celuloide en su pelada cabeza.
Esto significaba que entraba a matar.


A partir de ese momento ya cogió carrerilla y no hubo manera de pararle. Me sumí en mis pensamientos sin dejar de tragar tazas de café y fumar cigarrillos. Fragmentos de su cháchara llegaban a mi embotado cerebro como en un sueño.

—Sí señor, todo pasa por volver a reintroducir el Código Penal de 1848 y el papel y timbre del Estado… La semántica tiene su importancia, piense Vd. en lo bien que suena expediente de prodigalidad, deslinde y amojonamiento, codicilio y compárelo con esas birrias modernas de monitorio o cambiario, ¡vaya ordinariez!, ¿de que ha sido la idea? ¡de algún comunista, sin duda!... ¿Le he hablado alguna vez de mi estancia en el TOP? aquello sí que era un Tribunal como Dios manda y no esa mariconada de la Audiencia Nacional… y entonces entró en Plaza Castilla la magistrado esa, la Manuela Carmena, como un elefante en una cacharrería y se montó la marimorena…

No se cuanto duro aquello, pero lo que sí sabía era que tenía que largarme cuanto antes. Me levanté lentamente. Aunque daba igual, el tío ya se había olvidado de que yo que estaba allí y no paraba de contarle sus extravagantes ocurrencias a las sombras.


En ese momento entró un grupo de clientes y el viejo funcionario pareció perder la chaveta definitivamente
—¡Oiga caballerete!, —gritó con voz chillona— ¿cómo se atreve a presentarse ante este Tribunal en gallumbos? ¿Quiere acabar Vd. en el Penal del Dueso?—Tranquilo Peláez, que el chaval lo que lleva son unas bermudas —le dije al tiempo que le daba unas palmaditas en el hombro.
Pagué la cuenta y abrí la puerta. A mis espaldas el vejestorio no paraba de gritar
—¡Señora!, ¿qué mierda de instancia es esta? ¿dónde están las pólizas?... Eso es en la ventanilla de enfrente, so merluzo… ¡Vuelva Vd. mañana!...
Salí al exterior cerrando la puerta muy despacio.


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Las 11:00 de la mañana. Una muchedumbre de funcionarios cafeinómanos surge de las entrañas del feo edificio judicial y se dirige como zombis hacía los garitos de la parte norte de la calle Comandante Villahermosa y de la plaza del Ayuntamiento. Pero no están solos. Aquí confluyen con otras riadas que proceden del Ayuntamiento, de la Diputación, de la Junta, ¡hasta los pijos de Hacienda se dejan caer por allí! Me dejo llevar por la marabunta y acabo en el Little´s

Está lleno hasta la bandera y una espesa nube de humo cubre todo el local. En la vieja máquina de discos suena la big band de Duke Ellington interpretando su magnífica versión del clásico tengo una vaca lechera.
Me hago sitio en la atiborrada barra y pido, como no, un café. Tengo la cabeza como un tambor, pero si aquí pides una manzanilla enseguida todo el mundo piensa que eres maricón o un soplón del Ministerio.

—Oye Samuel —le pregunto al propietario al tiempo que le señalo con la cabeza la pizarra que hay tras la barra —¿Cómo se presentan las carreras de hoy?
—Ya sabes que en julio la cosa está floja —me dice con cara de aburrimiento y sin parar de limpiar vasos con paño—pero en la sala 3 parece que hay un par de vistas interesantes.
Miro un instante con interés la pizarra.
—¡Ah! Ya veo. ¿Quién es el Jockey del demandante de las 12?
—El Letrado Bermúdez. Ya sabes que está en forma —añadió con una sonrisa e inclinándose hacía mi dijo bajando la voz —entre nosotros, sé de buena tinta que el Juez ha estado toda la noche de juerga y no tendrá muchas ganas de monsergas ¡y si te fijas quien es el Letrado contrario…! las apuestas están 4 a 1.
—¡Joder! —exclamé al darme cuenta de que se refería al Abogado Sainz de Buruaga, el tío más plasta que se haya podido ver en una Sala de Vistas.
—Apúntame 20 machacantes a ganador y 10 a que hay condena en costas —dije con seguridad.
—Hecho —me contestó, dándome un recibo.


Allí se juntaba todo el mundo. Desde pipiolos recién llegados hasta fulanos con más triénios en cada pata que pelos tengo en la cabeza, Funcionarios en activo o en excedencia, en servicios especiales y expedientados, interinos chanchulleando para avanzar puestos en la bolsa. Incluso algunos Jueces, Fiscales y Secretarios abandonaban de vez en cuando sus exclusivos clubs privados para tomar una buena taza de café casero de contrabando.

Sentada a mi izquierda se encontraba la tramitadora Martina. Una morenaza de armas tomar y de la que se rumoreaba que lideraba la banda que había asaltado, dinamita en ristre, el buzón blindado de quejas y sugerencias.
—… Y entonces, va el viejo y me dice: “señorita, esto me lo pone Vd. por escrito y con el sello del Juzgado”. Así que le agarré por el pescuezo y le hice tragar el sello del registro de entrada… sin masticar ni nada —le decía entre risotadas a sus acompañantes.

Retazos de conversaciones llegaban a mis oídos…
—…oyess, me han dicho que tú eres de Burgos —susurraba un Auxiliar Judicial en excedencia forzosa a una rubita de reciente ingreso —¿No te interesaría una comisioncita de servicios en el TSJ? Un par de cientos y ¡hala! a casita con tu mamá.


Dejé vagar mi mirada por el tugurio y algo llamó mi atención en uno de los reservados del fondo. La cortina se encontraba entreabierta y pude ver en su interior a Ricochet, el liberado sindical, que me hacía señas para que me acercara. Apuré mi taza y con dificultad me acerqué al reservado.
—Pasa Galíndez y cierra la cortina —me dijo el sindicalista con voz amigable y continuó diciendo —supongo que conoces a todo el mundo ¿no?
¡Vaya que si los conocía! Aquello era una reunión en la cumbre. Alrededor de una mesa colmada de tazas de café había varias butacas ocupadas por tres personas más. Allí estaba repantigado el Tramitador Pericles, un fulano regordete recién llegado al Juzgado nº 1. No se sabe muy bien cómo, aunque se especulaba que con la ayuda de un juez disoluto y un matón venido del sur, había logrado deshacerse de tres funcionarios pata negra que dominaban el cotarro. Ahora era el amo indiscutible del gallinero.
Junto a él, y preparandose una línea de café molido tan grande que tendría que usar un rollo de papel Albal para esnifarla, estaba el jefe del clan de los bellacos, Calderón, un auxiliar en excedencia voluntaria que exhibía en el rostro las cicatrices de sus innumerables duelos con grapadora.
¡Y lo mejor lo dejo para el final! En la butaca más alejada de mi posición estaba Merceditas, la Funcionaria del cuerpo de Gestión del Decanato. Valía la pena mirarla. Una rubia de ojos ardientes y boca con labios carnosos, fruncidos en esta ocasión con un gesto arisco. Era conocida por su eficiencia, su trato delicado y exquisito con los funcionarios y su esmerada educación. Ella y su vestido verde hierba parecían haber crecido juntos. Una delicada florecilla en un campo de cardos borriqueros. ¡Una auténtica monada!


—¿Te apetece un café? —preguntó Ricochet y sin darme tiempo a contestar asomó la cabeza por la cortina y dijo gritando —¡Samuel, tráenos una cafetera de café, pero que sea del colombiano, no esa mierda de achicoria que le pones a la gente!
Tomé asiento frente a Merceditas y durante unos instantes nadie dijo nada.
—Bueno, ¿que tal si dejamos de pelar naranjas y hablamos de negocios de una puta vez? —exclamó de pronto Merceditas..
—Oye tú, ¡zarrapastroso hijo de la gran puta! —continúo diciendo al tiempo que se inclinaba hacía mi, envolviéndome en una nube de embriagador perfume Midnight Narcissus—¿Quién coño te crees que eres para meter tus hocicos de mierda en nuestros asuntos?, voy a meter tu grasienta cabeza de fisgón en la trituradora de papel y usar tus sesos como abono para el pothos que tengo encima de mi mesa... ¡so cabrón!
Tengo que reconocerlo, por unos instantes me quedé desconcertado. No tanto porque mi mirada se hubiera colado por su generoso escote y no encontrara la forma de salir, sino por la sorpresa de oírla hablar como un estibador portuario con almorranas.


(CONTINUARÁ)



EL EXPEDIENTE ETERNO

(CONTINUACIÓN)

Un Thriller por entregas que nos descubre el lado más lóbrego de la sociedad funcionera-judicial.
Héroes crepusculares, asesinos desalmados, expedientes disciplinarios, lagartonas sin escrúpulos...
¡... y mucho más!
Resumen de lo publicado: Galíndez, funcionario judicial y detective a tiempo parcial, investiga la desaparición de un antiguo pleito civil. En sus pesquisas interroga a un viejo funcionario jubilado, del que no saca nada en limpio salvo un dolor de cabeza, aunque sospecha de él y de un tramitador play boy de su propio Juzgado. La búsqueda de pistas le lleva al “Little´s”, un garito frecuentado por funcionarios judici)les fulleros, donde se incorpora a una reunión de capitostes, allí uno de ellos (concretamente una tía cañón del Decanato) le amenaza con darle de bajo definitivamente del escalafón.

NOTA DE LA REDACCIÓN.- Ante el juego perverso al que se están dedicando los funcioneros de Justicia de Ávila, identificándose unos y otros con personajes que aparecen en este relato, diremos tal y como se suele decir en las películas, que CUALQUIER PARECIDO CON FUNCIONARIOS REALES ES PURA COINCIDENCIA (excepto el Sr. Petit, que a estas alturas todo el mundo sabe quien es).
Aunque, no obstante, siempre cabe la posibilidad que el subconsciente le haya jugado una mala pasado al autor.



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Afortunadamente, en ese instante intervino Richochet, lo que me dio tiempo para reponerme de mi estupor.
—Tranquila Merche, que Galíndez es un funcionario legal. Y aquí todos somos unos profesionales de la cosa pública… ¿no?
—Rico… ¿por que no envías a la miembra a foliar un par de procedimientos? o mejor aún, a sacar brillo a los inodoros y así podremos hablar de cosas serias —dije con aplomo al tiempo que volvía la cabeza hacía el sindicalero.
Aquello fue Troya, o mejor dicho, como el anuncio de una inspección sorpresa del CGPJ.
—¡Machista de mierda, te voy a…! —Gritó Merceditas, al tiempo que se enderezaba en su asiento como con un resorte e introducía sus manos en un bolso TOUS con pinta de auténtico.
¡Aquel bolso debía ser el de Mary Poppyns! De allí salían paquetes de pañuelitos de papel, polveras, cerillas, juegos de llaves, un cepillo, un monedero, toallitas desmaquillantes, agendas, cajas de clips, un quitagrapas, tacos de Post it, tampones, un movil, varios preservativos, un paraguas… sin que ella consiguiera encontrar lo que frenéticamente buscaba y que, supongo, no sería su pintalabios precisamente. A todo esto, el gordito soltó una especie de carcajada que le hizo atragantarse con un sorbo de café y Calderón se echó precipitadamente hacía atrás para no interponerse en la posible trayectoria de tiro de la rubia, golpeando la mesa con las piernas y haciendo volar por los aires la cafetera, tazas, platos y demás menaje., que cayeron al suelo con estrépito.




—¡Se acabó el cachondeo!... ¡deja las manos quietas o te hago la raya en medio!… y tu, Galíndez, ¡cierra la bocaza si no quieres disfrutar los días de asuntos propios en el puto infierno! —gritó Ricochet.
Para resultar más convincente en sus argumentos sostenía en su mano derecha un reluciente Smith and Wesson, calibre folio prolongado. El oscuro agujero del cañón nos miraba alternativamente a la rubia y a mí.
La Gestora sacó lentamente las manos del bolso, sosteniendo en la izquierda un cigarrillo de boquilla dorada, que parsimoniosamente encendió con un encendedor de piel de cerdo y níquel. Luego se arrellanó en su sillón y, sin decir nada, se nos quedó mirando con cara de chiquilla enfurruñada a la que le hubieran quitado un chupa-chups.
Mientras un sudor frío recorría mi espalda y mis testículos se quedaban como los de un rottweiler, encogidos y bien pegaditos al culo, me hice mentalmente la promesa de evitar en los próximos días los pasillos oscuros y solitarios.
Sin dejar de vigilarnos, Ricochet depositó el arma en el lugar de donde lo había sacado. Un libraco hueco en cuya portada se podía leer Manual práctico para Delegados Sindicales del Sector Público en caso de conflicto colectivo. Autores: J. Lacuerda, M.V. Segarra y A. Capone, y en grandes letras rojas Usar sólo en caso de emergencia. Dejó el libro sin cerrar.




Luego se giró hacía mí. Volvía a lucir en el rostro su famosa y hueca sonrisa seduce-electores. Como la de Zapatero, pero sin cejas circunflejas.
—Galíndez… ¡me caes bien!... ¿Cuántos años llevas en la Administración Pública? ¿quince? ¿veinte? —No contesté y él continuó— . ¿Y qué has conseguido? Yo te lo diré. Seguir trabajando como un gilipollas por un sueldo de mierda y… ¡mírate!, te estás quedando calvo, llevas una camisa barata y tu coche es una chatarra. Tu mujer te dejó por un procurador… ¡un procurador, tío!... no se puede caer más bajo… ¿Cuánto sacas por husmear por las cerraduras de habitaciones de hoteluchos baratos?... Una miseria, seguro. Tu vida es una mierda tío.
Seguí escuchándole impertérrito, ajeno a las carcajadas de los otros dos fulanos y la sonrisa burlona de Merceditas.
—Fíjate en nosotros. Llevamos ropa de marca y podemos permitirnos el lujo de poner los pies sobre nuestras mesas y pasarnos tranquilamente la mañana leyendo la revista oficina y jardín o el Mundo Deportivo. O arrojarles los recursos a la cara a más de un Letrado diciéndole ¡te jodes, está fuera de plazo!, sin que nadie se atreva a decirnos ni mu. Eso es el Poder. Pero como ya te he dicho, me caes bien, así que en vez de ponerte unos zapatones de cemento y enviarte encomisión de servicios al fondo del pantano de Las Cogotas, tenemos una proposición que hacerte… —Mientras decía esto último arrojó unas hojas de papel sobre la mesa.
No necesité ver el membrete para darme cuenta de era papel de buena calidad, sin duda del Ministerio. Como mínimo de la Secretaria de Estado.



************



El noble y ancestral arte del escaqueo funcionarial tiene una normas muy precisas y entre ellas, está la de dejarse ver de vez en cuando por el espacio físico objeto del mismo. Dicho y hecho. Tras salir del Littel´s me fui al Juzgado, no sin antes hacer un par de paradas técnicas en dos garitos y tomar algo para templar los nervios. Un carajillo en e lBebe y Zampa y un capuchino doble en Al Pan pan y al Vino vino.
Una vez sentado en mi escritorio, volví a echar un vistazo a los papeles de Ricochet.
Me prometían varios trienios más por la patilla, horas de libre disposición, moscosos por un tubo, dietas de desplazamiento y locomoción, cursos remunerados de formación, complementos específicos y de productividad por la cara, licencias por enfermedad y paternidad, algo que no entendía sobre la masa salarial, un dedo de silicona con mi huella dactilar… un auténtico chollo. También había un compromiso de adjudicarme un destino de alto nivel y confort una vez entrará en funcionamiento la nueva oficina judicial, aunque, claro, cuando Ricochet habló de este punto en el Littles´s, a todos nos dio la risa.
¿El precio? No hacer nada. Olvidarme del expediente de marras.



Que te arrojen a la cara tu vida, como si fuera una toalla húmeda y pestilente es duro. Aunque sea cierto. Encendí un cigarrillo con un chisquero y miré a mi alrededor. ¿Qué porcentaje de mí vida trancurría allí? En la pared de enfrente estaba el enorme reloj que, aunque aparente, había comprado en un chino por tres euros. Junto a la fotocopiadora el equipo de música cutre incautado a algún chorizo, vete tú a saber cuando, donde escuchaba los melancólicos blues de mi grupo favorito, The Cirros. Bajo el mostrador un botijo donde alguien había escrito con rotulador negro propiedad de…
Apagué con furia el cigarrillo en un cenicero con el logotipo de STAJ y grité a las paredes.
—¡Me voy al archivo a buscar un expediente!
Esquive a Berta, una compañera Asturiana famosa por su locuacidad insaciable, y tomé el ascensor hasta el sótano.



El pasillo donde se encuentran los archivos tiene el techo bajo y por el discurren, a la vista, tuberías y conducciones eléctricas. Algunas de las lámparas fluorescentes parpadeaban insistentemente y además se oía un fuerte zumbido eléctrico procedente de toda la maquinaria que hay instalada por allí. ¿Recuerdan a la Teniente Ripley recorriendo despavorida y entre destellos de luz los pasillos de la nave Nostromo? Pues lo mismo.
Una vez ante la puerta del Juzgado nº 6, la abrí con mi llave maestra, fruto de un trabajito que hice en una ocasión para uno de los vigilantes de seguridad. Concretamente descubrir quién utilizaba la máquina de rayos x para aliviar las listas de espera de la Seguridad Social y, de paso, sacarse un sueldecillo extra.



Afortunadamente, los Auxiliares Judiciales de ese Juzgado debían de ser unos auténticos profesionales. Todo estaba perfectamente colocado e incluso se habían tomado la molestia de dibujar en una hoja de papel A-3 un croquis con la disposición de las estanterías. Lo miré con detenimiento… estantería 12, expedientes civiles anteriores a 1985. Busqué la estantería 12. Estaba claro, en el estante que correspondía al año 1970 había un gran hueco vacío. Acerqué mi rostro y… ¡que extraño!, aquello olía a… por el rabillo de ojo noté un movimiento y antes de que pudiera hacer nada, algo me golpeó en la nuca. Los contornos de la habitación se agrandaron, se hicieron vagos y difusos, de pronto el suelo se levantó de su sitio y me golpeó en la cara. Me fui flotando a alguna parte…


*********


Abrí un ojo y vi… ¡un santo!, con sus manitas juntas, una sonrisa angelical y una aureola brillante tras la cabeza. ¿La había palmado y estaba en el cielo? ¿Tenía razón entonces el Padre Sotanillos?
Estaba tumbado de espaldas en el suelo y conseguí incorporarme con dificultad, como si me despegara de un barrizal, hasta quedar sentado. ¡Claro!, aquello era la figura de escayola que durante años estuvo en las antiguas dependencias del Juzgado nº 2 y que tras el traslado se debió bajar al Depósito de Piezas de Convicción. Pues allí es donde estaba. Me dolía la cabeza y gemí, además tiritaba de frío, no sólo por la humedad de aquel sótano, sino por la simple razón de que me encontraba en pelota picada. En el suelo, junto a mí, había un tomazo de jurisprudencia del Tribunal Supremo, sin duda el arma que habían utilizado para noquearme. Si llegan a utilizar uno del Constitucional seguro que a estas horas estaría tumbado en una fría mesa de mármol con el cráneo abierto y alguna de esas simpáticas forenses hurgando en mi cavidad abdominal o introduciendo trocitos de mis vísceras en pequeños tubos de cristal.



Trasladarme desde el archivo hasta allí podía tener su lógica. El Depósito estaba ubicado en uno de los extremos del semisótano, donde no había nada más. Por allí no circulaba el personal. Además para alcanzar el exterior había un pequeño pasillo con dos puertas macizas. Me podía pasar una semana gritando con un megáfono, caso de tenerlo, sin que me oyera nadie.



Estaba bien jodido… aunque, un momento ¡Pero sí estaba en un depósito judicial! ¡Aquello es la boutique del butronero!... Palanquetas de todos los tamaños y modelos, enormes radiales, gatos hidráulicos, picos, taladros eléctricos, cizallas, destornilladores, prolongadores, guantes y botas de trabajo, gafas protectoras, mazas con la cabeza del tamaño de un melón, cuñas metálicas… todo desperdigado a mí alrededor. Además ¿a cuántos lanzamientos había asistido en mi vida profesional? ¿A cuántos cerrajeros había visto despanzurrar puertas? Ni se sabe.



Antes que nada decidí buscar algo de ropa. Recordaba que en las estanterías del Juzgado nº 1 había un buen montón de sacos de basura negros con ropa intervenida en algún mercadillo. En la primera bolsa que abrí sólo había objetos falsificados de la marca Play Boy. No era precisamente ligueros y braguitas comestibles lo que andaba buscando, así que la dejé a un lado y cogí otra. Dude por un instante entre unos Lacostte de colores chillones, aunque el logotipo más que un cocodrilo parecía un cerdo de color verde con mandíbulas prominentes, y unas camisetas GURÚ. Finalmente me decidí por una de éstas últimas de color rojo y una gigantesca margarita en la espalda. De una gran caja de cartón saqué un montón de pantalones vaqueros. Debían ser un modelo para raperos por que me venían todos enormes, así que me puse uno y lo ajusté a la cintura con un trozo de cuerda. Unas viejas botas manchadas de yeso y pintura y listo. Por supuesto todo aquello apestaba a rancio y humedad.



Para mi sorpresa, la primera puerta estaba abierta. Me planté ante la segunda y medité un momento. Decidí dejarme de sutilezas y emplear directamente una radial tamaño brutal. Apoyé el disco contra el borde de la puerta y pulsé el interruptor… ¡ÑIIIIIIIIIIIIIIIIC!... Todo el estrecho pasillo vibraba como si pasara por allí un tren de mercancías. Del techo y paredes se desprendían trozos de escayola que caían sobre mí, formándose una gran polvareda que apenas me dejaba ver o respirar. Paré un momento y decidí meter un par de cuñas en el pequeño hueco que se había formado. Agarré una maza que apenas podía sostener y me puse a dar golpes como un poseso… ¡POM… CATAPLUM!... creo que perdí la cabeza. ¡Tenía que salir de allí! Cuando me quedé sin fuerzas y jadeante, le eché un vistazo a la puerta… allí seguía tan pancha, pero el tabique contiguo tenía un buen agujero. Sacando fuerzas de flaqueza pegué un buen par de mazazos hasta conseguir ampliar el hueco. Gimoteando como un enajenado, sudoroso y con la garganta seca, me introduje por él con dificultad. De pronto unas manazas sujetaron mi cabeza y tiraron de mí, cayendo boca abajo en el pasillo exterior. Al tiempo que una rodilla se clavaba en mi espalda, tiraron de mis brazos hacía atrás y noté algo frío y metálico en las muñecas.



—¡Te pillé, mangante! —Dijo una voz.
Sentí que unos brazos me daban la vuelta.
Volví a oír la misma voz y entonces la reconocí. Era De Vitto, el vigilante de seguridad tamaño armario ropero.
—¡Pero si eres Galíndez!... ¿Qué coño haces vestido de hippy?...


***********


Aquel despacho era todo lo que debía ser un despacho. Largo, sombrío, tranquilo; las persianas estaban entreabiertas para evitar el resplandor del Sol y las cortinas hacían juego con una alfombra en la que una ardilla se podía pasar una semana sin que nadie notara su presencia. Las paredes estaban decoradas por fotografías enmarcadas, entre ellas una del ministro Bermejo vestido de Indiana Jones y rodeado de bichos muertos.

Se abrió la puerta y entró el Decano. Por la forma de morder el puro que llevaba en la boca era evidente que estaba muy cabreado. Atravesó a paso vivo la habitación y se sentó tras el escritorio, echando una gran bocanada de humo. Tras él, entraron Ricochet, Merceditas y… Vanesa Muñoz. Se sentaron silenciosamente.



—¡Bien!... ¿Quién ha sido el salvaje que ha hecho eso con mi puerta y mi tabique? ¿Alguien sabe el papeleo que conlleva algo así? En la Gerencia van a querer patear algún culo… ¡y les aseguro que no será el mío! —dijo el Decano dando un buen par de dentelladas al puro y mirándome fijamente.
No podía se de otra forma. Allí estaba yo, sentado en una silla, vestido como un fantoche, esposado, sudoroso, cubierto de restos de yeso y polvo, con el vigilante de seguridad tras de mí con los brazos cruzados.
—Joder, De Vitto… quítele las esposas no creo que vaya a cometer ninguna tontería. —exclamó.
—¿Podría tomar algo? —Tenía la garganta como un papel de lija y apenas pude decir esto con un hilillo de voz.
Mi aspecto debía de ser tan lamentable que, sin decir nada, el Decano me sirvió una taza de café de un termo, que sacó de una pequeña caja fuerte que tenía detrás de él. Era tan espeso que iba a tener que utilizar cuchillo y tenedor para tomarlo. Me lo tragué como pude.



—¡Ya se lo que ha pasado con el expediente! —dije con solemnidad
— ¿Expediente?... ¡Nadie me ha dicho nada de un expediente! —dijo con sorpresa el Decano fulminando con su mirada a Ricochet y a Merceditas.
Durante varios minutos hablé sin que me interrumpieran sobre el encargo de la Srta. Muñoz, mí entrevista con el Jubilado, el encuentro con Ricochet y compañía en el Littel´s, lo sucedido en el sótano…

—…El interés que mostraron Ricochet y Merceditas para que me olvidara del asunto me convenció de que fueron ellos, solos o compinchados con otros fulleros, quienes robaron el expediente. Ahora bien, los chanchullos que me ofrecieron no son de los que están a su alcance, por lo que deduzco que el robo estuvo instigado por algún pez gordo del Ministerio —Esto último hizo que el Decano se moviera inquieto en su sillón.
—Aunque son carne de expediente disciplinario —continué diciendo— no dejan de serfuncionarios de carrera, gente capaz de esconder papeles o escaquearse, pero impotentes para destruirlos. Sería como una profanación. No está en su naturaleza funcionera hacer algo así. Decidieron dárselos a Peláez para que los custodiara…
—¡Rápido! —dijo precipitadamente el Decano, al tiempo que hacía ademán de coger el teléfono— hay que enviar a alguien a casa de ese viejo chivo y recuperarlo.
—Ya no lo tiene —dije lacónicamente.
Ahora fueron Ricochet y Merceditas los que pusieron cara de sorpresa.
—¿Entonces dónde coño está? —gritó el Decano.
—Verá, justo antes de quedarme KO noté que la estantería donde estuvo archivado el expediente olía a… palomino
— ¿Queeee?... —exclamó a punto de tragarse el puro. Hice caso omiso de su mirada y continué
—Me refiero a excremento de palomas. No sé si lo sabrá, pero antes de la construcción de este edificio los expedientes antiguos estuvieron archivados en uno de los sótanos de la Audiencia Provincial. Pues bien, una de los ventanucos tenía los cristales rotos, así que durante años esas sabandijas anidaron en su interior. El problema no era encontrar un expediente en aquel archivo, lo jodido era evitar que te cayeran en la cabeza los huevos de los nidos y no coger la peste bubónica o algo así, por culpa de la capa de mierda que los recubría…Srta. Muñoz —dije mirándola— ¿me equivoco si digo que Vd. tenía en el Juzgado sólo el último tomo? Probablemente los anteriores ni los haya llegado a ver.
No hizo falta que contestara afirmativamente y continué
—Sin embargo, el olor de la estantería era muy tenue por lo que supongo que el robo ocurrió hace años. Recordé también que el mazo de folios que me enseñó Peláez eran, sin duda, muy viejos y tenían un extraño aroma que en ese momento no reconocí, pero ahora sé que era a cagarruta palomitera. ¿Y a qué se ha dedicado nuestro amigo durante los últimos años? Pues a mandar oficios, informes y Dios sabe qué a cientos de organismos oficiales. ¿Y qué papel cree Vd. que ha utilizado para ello? —pregunté mirando al Decano.



Me serví un castañazo del café del termo y cogí un cigarrillo de un paquete que había sobre el escritorio.
—A Peláez le gusta el papel tamaño folio sin normalizar, sí además está apergaminado y lleno de viejos timbres y pólizas, mucho mejor. Y en aquel cúmulo de tomos que le habían entregado tenía una fuente prácticamente inagotable. Pacientemente los borraba o, simplemente, mecanografiaba sus ocurrencias en el reverso. —hice una pausa para tomarme el café y encender el cigarrillo, y continué— Imagino que el último tomo, o al menos parte de él, lo he tenido esta misma mañana en mis manos. Ahora probablemente estará viajando en algún furgón de Correos rumbo al Ministerio, donde seguro que acaba en una trituradora o directamente en la basura. Que es donde habrán acabado todos lo que ha enviado a lo largo de los últimos años.



Durante un buen rato, nadie dijo nada. El puro del Decano se movía a una velocidad endiablada de un lado a otro de su boca, echando humo como una central térmica de carbón.
—¿Entonces qué propone que hagamos? —me preguntó.
—Nada. El expediente es irrecuperable y no creo que ninguno de estos dos —dije señalando con la cabeza a Ricochet y Merceditas— sepan con certeza quién ordenó despistarlo. Quien lo hizo, seguro que utilizó a algún lameculos de tres al cuarto para que diera la cara. El inductor puede ser desde un Director General hasta… el propio Ministro, pasando por un Secretario de Estado o un Subsecretario ¿Quiere Vd. meterse en ese berenjenal? — Las miradas se dirigieron inconscientemente hacía la fotografía enmarcada. A todos nos dio la impresión que el rostro ministerial ya no sonreía tanto y que en cualquier momento podría saltar desde la pared hasta el centro de la habitación, blandiendo aquel escopetón y montar una buena escabechina.
—¿Y cómo justifico yo el destrozo del sótano? —volvió a preguntar el Decano.
—¡Por el amor de Dios!, Decano, estamos en los Juzgados. Por aquí pasan todos los días cientos de chorizos habituales. Se le ofrece a cualquiera de ellos un buen trato de favor y seguro que acepta encantado comerse el marrón —dije con una sonrisa.
—Pero, ¡un momento!, seguimos sin saber quién le pegó el tochazo ¿fue alguno de estos dos bandarras? —preguntó el Decano mirando al par de fulleros.
—No. Fue el Sr. Petit —contesté.



Eché un par de caladas al cigarrillo y continué.
— En realidad el incidente no tiene nada que ver con el expediente. Simplemente ocurre que a todo cerdo le llega su San Martín, y así, nuestro látin lover particular se ha enamorado hasta las trancas de la Srta. Muñoz. Y, claro, nos vio hablar un buen rato muy juntitos y cuchicheando y pensó que yo tenía intención de intercambiar pomelos con ella. Me siguió hasta los archivos y decidió quitarme de en medio o simplemente desprestigiarme, de ahí lo de dejarme en cueros. —miré en dirección de la Srta. Muñoz, ruborizada hasta las pestañas, y le pregunté
— ¿No notó algo raro en él últimamente?
—Pues ahora que lo dice… verá, frecuentaba con asiduidad mi Juzgado y se plantaba frente a mi mesa, mirándome fijamente, haciendo posturitas y cosas raras con la lengua ¿se refiere a eso? —me contestó.
—A mayor abundamiento le diré —continué dirigiéndome al Decano —que mientras buscaba ropa, abrí por error una bolsa con objetos de Play Boy. Pues bien esa bolsa la deposité yo allí hace semanas y recuerdo que en la parte superior había unos juguetitos… ¡ejem! digamos que de uso no muy ortodoxo. Esta mañana cuando la abrí, tales objetos ya no estaban… ¡La persona que me golpeó estaba interesada en ese tipo de artículos de goma! ¿Quién se entretendría en algo en así? La respuesta es obvia.
Un largo silencio se adueñó del despacho, hasta que el Decano se levantó de su asiento y grito
—¡Fuera todo el mundo!... Y no lo olviden, aquí no ha pasado nada… ¡Largo!



Lentamente salimos del despacho y Vanesa me agarró de un brazo, preguntándome en voz baja y lastimera
—¿Y qué hago yo con el expediente?
—Tengo entendido que esta Vd. pendiente de la resolución del concurso de traslado y que es seguro que se marcha destinada fuera. Además disfruta en agosto sus vacaciones ¿no es cierto? — dije mirándola fijamente —Pues actúe como una auténtica profesional. De largas al asunto y quien venga a su plaza… ¡que cargue con el mochuelo!

**********

Las 14:35 ¿No se supone que teníamos jornada de verano reducida? Como decía un antiguo Secretario de grato recuerdo, ya estábamos perdiendo dinero, así que me encaminé a la salida del edificio. Me despedí con un gesto de cabeza de los vigilantes y Guardias Civiles y salí al exterior. Brillaba el Sol con fuerza y allí estaban Ricochet, Pericles, Merceditas, Sr. Petit, Calderón y otros Funcionarios.
—¡Galíndez!, parece que vas a seguir con tu misma vida de mierda… ¿Hace unas cañitas? —me gritó alegremente Ricochet.
¿Y por qué no? Ya estaba harto de tanto café.

FIN

11 Comentar:

Funcionario's blog dijo...

Vaya, no me ha dado tiempo a leérmelo todo.

Pero es espectacular hasta lo del jockey. En fin, un saludo, y espero que por tierras abulenses no esté llegando tanto calor como el que tenemos por tierras mallorquinas.

Anónimo dijo...

Siete, si no son ocho, los días que llevo con los mismos calzoncillos, y ya empiezo a notar un cierto escozor, en general, pero pica más el culito.

No os escanalicéis, es una protesta más al editor general, que ha colgado el cartel de estoy de vacaciones y no pego un palo al agua.

Escribe algo, luego te escudarás con que el curro es mucho.

Anónimo dijo...

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