.

.

martes, 30 de junio de 2009

Historias del Funcionariado contadas por sus protagonistas. Capítulo IV: LA GANDULA

Ante la inmiinente publicación por parte del Observatorio Covachuelero de Estudios Jurídicos, de la magna obra en siete tomos y un apéndice onomástico “Un patilludo en los Tribunales de Justicia: Memorias de un funcionario setentero”, tenemos la satisfacción de ofrecer a nuestros estimados lectores un adelanto extractado del capítulo dedicado a la tristemente famosa Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (“La Gandula”).


!Cáspita! desde luego aquello no era una inspección rutinaria. Estaba claro que aquellos tipos de la Inspección de Tribunales, a los que sólo les faltaba el sombrero de copa para parecer un grupo de enterradores del Far West, buscaban chicha donde hincar el diente. Con sus bigotitos de falangistas y caras avinagradas no paraban de pedir secamente expedientes, libros de registro, relaciones e incluso husmeaban en los
cajones de la mesas y los polvorientos recovecos de las estanterías. ¡Qué barbaridad!, ¡esto es Babilonia! ¡se le va a caer el pelo!... eran algunas de las expresiones que les oía murmurar. ¿Cómo se había llegado a esta situación?

Para responder a esta pregunta es necesario que retrocedemos unos tres años en el tiempo, concretamente a finales de diciembre de 1977, momento de la incorporación del nuevo titular del Juzgado de Peligrosidad y Rehabilitación Social Nº Dos de Barcelona, donde un servidor era funcionario. Aun me parece oír al Oficial Palomeque, un viejo chivo apunto de jubilarse, susurrándome al oído "¿ha visto Vd. al nuevo Juez? ¡es un troskista! Seguro que la lía parda" ¡Hombre! ¡tanto como un troskista! aunque he de admitir que aquel magistrado barbudo, chaqueta de pana y con ese nuevo periódico bajo el brazo, no respondía a la imagen tradicional. Y menos aún para un carca como Palomeque, un fulano de tez amarillenta, pelo a cepillo y recortado bigotito, que se pasaba el día despotricando del libertinaje existente y del que se decía que se lo había pasado bomba en los años cuarenta depurando rojos masónicos.


Recuerdo que tras volver de las últimas vacaciones veraniegas, luciendo unas lustrosas y abundantes patillas (empeño modernizador de mi señora esposa), trabajo me costó convencerle que se trataba sólo de una cuestión estética y no un símbolo de rebeldía o la prueba evidente de ser un infiltrado al servicio del Politburó.

Lo cierto es que yo he sido siempre una persona de orden y nunca fui un yeyé melenudo de aquellos. Y aunque ahora todo el mundo alardea de haberle tirado adoquines a los gendarmes parisinos en el sesenta y ocho (en España no debió permanecer nadie aquel mes de mayo por lo visto, aunque sospecho que la mayoría se quedó en Perpignan viendo películas verdes) o corrido delante de los grises lanzando octavillas, he de admitir que yo no hice nada de aquello. Y eso que el Régimen siempre me la trajo floja y estaba encantando con todo eso de la transición, la democracia, la libertad sin ira y las revistas con tías en pelotas.



Verán, es que entre otras cosas no tuve tiempo. Nada más terminar con el Servicio a la Patria, allá por el sesenta y siete (la puta mili, creo que la llaman ahora), entre a trabajar de hortera en el negocio de un primo de mí madre. Bueno, no es que fuera un macarra de aquellos con pantalones de tergal estrechos en la zona del paquete y anchas patas de campana, camisas de cuellos gigantes, entreabiertas para mostrar el pelo del pecho y... sí hombre, esa fauna de machotes que se acodaban en la barra de las boites girando en una mano las llaves del seiscientos y un vaso de tubo con wiskhey en la otra; susurrando a cualquier jamona que pasara por allí "Chati ¿quieres una copa?" No, quiero decir en el antiguo sentido de la palabra, o sea, mancebo de ciertas tiendas de mercader, en este caso de un comercio de tejidos. Allí entre enormes estanterías llenas de telas de todo tipo y clientas gordas trabaja también Petrita, recientemente llegada del pueblo y pariente lejana de los propietarios. Y entablamos relaciones. Honestas, por supuesto.



La cosa es que todos en buena compaña acabamos desplazándonos un sábado al pueblo para disfrutar de las fiestas en honor de San Onofre Decapitado, patrón de la localidad. Durante la verbena procuré no separarme un metro de Petrita y su numerosa parentela. Sobre todo por las miradas asesinas que me echaban los mozos y por los comentarios que de vez en cuando podía cazar al vuelo: "rediez con los lechuguinos de la ciudad, ¡que vienen a quitarnos las mozas...!" "...en cuanto se despisten las carabinas, al pilón con él... o mejor, le tiramos por el barranco" A pesar de las amenazas territoriales de aquellos palurdos y teniendo en cuenta que (aunque aquéllo no era precisamente San Francisco sino un poblachón mesetario) aquel verano de 1967 era el verano del amor o puede que por el efecto del vinazo de la tierra, lo cierto es que aprovechando el tumulto que se organizó en la plaza cuando el conjunto que amenizaba el cotarro comenzó al tocar la yenca (¿o quizás fuera el Kasachoff?) Petrita y yo acabamos en el pajar de su tío Virgilio. Allí, entre mugidos, cacareos y rebuznos, y como se decía en las radionovelas de la época, la poseí. Tres veces.



Como Petrita se había quedado en el pueblo para ayudar en la recogida de la cosecha de garbanzos (o puede que fuera alguna otra leguminosa que daba lustre y fama a la localidad) me olvidé de aquella noche de lujuria, hasta que un día que estaba en la trastienda comiendo un bocadillo de sardinas, me avisaron de que un señor con cara de malas pulgas preguntaba por mí. Al principio no le reconocí, aunque aquella única ceja sobre ambos ojos me resultaba familiar. Además, me extrañó la astrosa gabardina que lucía a pesar de ser finales del mes de agosto. Parecía un Humphrey Bogart achaparrado con alpargatas y boina. En un principio empezó a decir no se que cosas sobre ¡un pajar!... y entonces le reconocí ¡aquel fulano era el tío Virgilio!

Lo primero que se me vino a la cabeza fue que que en nuestro frenesí concupiscente habíamos aplastado alguna gallina y aquel gañán venía a pedirme cuentas; pero antes de que pudiera decir nada, y como si se tratara de un mafioso napolitano, continuo desvariando sobre el honor familiar hasta que soltó la bomba, o mejor dicho, lo del bombo... ¡y no hablaba de ningún instrumento de percusión! Entonces comprendí el objeto de la gabardina: entre las solapas asomaba ligeramente lo que parecían ser los sendos cañones de un escopetón con el aspecto de poder partir en dos a un rinoceronte adulto de un sólo disparo. "¡Sí,señor! yo... ¡me caso!" Fue lo único que se me ocurrió decir. ¡A la vicaria de cabeza!



No sé si sería por los garbanzos de su pueblo, por mí puntería infalible o por que Petrita le cogió gusto a eso de la preñez, lo cierto es que cuando me quise dar cuenta podía optar al Premio Nacional de Natalidad y ya me veía saliendo en el NODO visitando el Pardo. Afortunadamente para las finanzas familiares un hermano de mi padre, que era comisario de la Brigada Político Social de Barcelona, me consiguió un enchufe para entrar de meritorio en los Juzgados. El sueldo era una mierda pero el trabajo funcionarial me permitía dedicar las tardes al deporte nacional de aquellas fechas: el pluriempleo. La contabilidad de una droguería, cobrar facturas de un montepío, venta a domicilio de ollas express y aspiradoras... lo que fuera.

Pero volvamos al año setenta y siete y la incorporación de aquel magistrado progre a la covachuela judicial. Al día siguiente pidió que le lleváramos a su despacho todos los expedientes de aquellos que se encontraban ingresados en prisión. Bueno, en realidad todos aquellos homosexuales, drogadictos, trileros, putas, mendigos y algún que otro enajenado no estaban cumpliendo penas, sino simples medidas de seguridad ya que no habían cometido ningún delito, en suma se suponía que estaban en un peligroso estado predelictual. Una putada. Naturalmente que por allí no pasaban las putas finas ni los asiduos a ciertos locales de la zona elegante.

Recuerdo la que se montó unos años atrás cuando un teniente de la Policía Armada recién llegado a la ciudad y, supongo, deseoso de hacer méritos, se empeñó una noche en hacer una redada en uno de aquellos bares tan finolis sin contar con la superioridad. Aquello fue todo un espectáculo. Entre aquella panda de locazas, el que no era hijo de un concejal, era sobrino carnal del Gobernador Civil de Tarragona o primo hermano del Vicario Castrense. Hasta el mariposón aquel disfrazado de Sarita Montiel resultó ser un general de la Brigada Acorazada Brunete que andaba de parranda por Barcelona. Naturalmente los teléfonos comenzaron a echar humo y se dio carpetazo al asunto. En cuanto al Teniente, fue fulminantemente trasladado al Aaiún con la importante misión de contar boñigas de dromedario.

Como el magistrado del Juzgado Nº Uno se encontraba ausente, y por tanto el nuevo juez, se ocupaba también de aquel Juzgado, repitió la jugada. En total contabilizamos unos 250 encarcelados y a la mañana siguiente se largó acompañado del Secretario Judicial a recorrer las prisiones y ¡los puso a todos en la calle! Bueno, excepto a los zumbados peligrosos. Estábamos en plenas navidades, así que sólo les faltó ir disfrazados de Los Reyes Magos o de Papa Noel para dar la campanada total.



El hombre lo tenía claro. ¿No decía la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 (por cierto, calcadita de la Ley de Vagos y Maleantes promulgada por la República en 1933, cosa que el facha de Palomeque no se cansaba de recordar a algunos de aquellos leguleyos rojeras y barbudos que se dejaban caer por allí) que las medidas de seguridad habrían de cumplirse en establecimientos especiales dotados de personal idóneo? ¿No dice el Código Civil que las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas? Pues como no existía nada de lo previsto en la Ley y, en la práctica, los declarados en estado de peligrosidad social acababan ingresando en las prisiones normales, acordó la puesta en libertad de todos ellos. Eso por no hablar del principio nom bis in idem.





Desde ese momento no se volvió a tramitar un expediente. ¡Oh! bueno, la Policía nos seguía llevando detenidos, así que se abría la correspondiente causa, se le tomaba declaración y... ¡el detenido a la puta calle y el expediente al archivo! Fin de la tramitación. Sí había cometido un delito o falta ya se encargaría del asunto el correspondiente Juzgado de Instrucción.


¿Y los funcionarios de aquel Juzgado? pues nos convertimos en unos consumados jugadores de mus, brisca, julepe, chinchón o cualquier otro juego de naipes que se les ocurra, alguno consiguió terminar la carrera de Perito Mercantil, otro logró incluso leerse integro los Hermanos Karamazov y hasta el carcundia de Palomeque dedicó sus últimos años de servicios a devorar con entusiasmo inusitado el Interviú, El Papus o El Lib. Yo por mi parte, me hinché de vender ollas Magefesa.

NOTA DEL EDITOR: En 1980 la mismísima Audiencia Nacional abrió una "información" sobre la situación de aquel Juzgado, resultando el Magistrado insumiso sancionado con la sustitución y deportación, aunque no separado de la carrera judicial. Finalmente las altas instancias judiciales decidieron buscarle un destino donde dejara de darles el coñazo ¿cuál? ¡la Sala de lo Social del Tribunal Supremo!

En cuanto a "La Gandula", todavía le quedaba un amplio recorrido a pesar de la escandalera montada por la prensa y la opinión pública, aunque ya estaba herida de muerte: Las Sentencias del Tribunal Constitucional de 1986 y 1987 que declararon inconstitucionales muchos preceptos de la misma, la Instrucción del Fiscal General del Estado en 1991 ordenando a los Fiscales que no solicitasen las medidas previstas en la Ley... hasta la definitiva derogación de tan ignominiosa norma en el Código Penal de 1995.
 

Dedicatoria.- Con cariño a Joselito, quien durante cincuenta años fue cocinero, niñera, empleada de hogar, mayordomo y lo que se terciara en casa de mis abuelos y posteriormente de mis padres. Recuerdo haberle oído describir como el momento más amargo de su vida la noche que pasó en un piojoso calabozo, acusado de escándalo público por el terrible delito de cantar unas coplas en un bar. No tanto por las horas privado de libertad, sino por las humillaciones, vejaciones y trato degradante a los que se vio sometido. Afortunadamente, y siendo mi padre oficial del ejército, su personación en Comisaría basto para liberarle. Al fin y al cabo, aquel "peligroso invertido" era quién cuidaba de sus hijos.

2 Comentar:

Funcionario's blog dijo...

Absolutamente genial. Una pena no haber vivido esa época.

Lo mío no tiene tanto mérito: es decadencia burguesa revestida de un espíritu rebelde y proletario.

Seguid así. Voy a ver si encuentro las 3 entradas anteriores.

Anónimo dijo...

YO ESTUVE EN ESE JUZGADO, FUE MI PRIMER DESTINO Y HA SIDO ESTUPENDO RECORDARLO. BESOS PARA EL AUTOR

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...