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miércoles, 15 de abril de 2009

HISTORIAS DEL FUNCIONARIADO CONTADAS POR SUS PROTAGONISTAS. Capítulo III: Directorium Inquisitoris


¡Ñiiiiic!... ¡chas!... ¡choff! Al inconfundible ruido de ligamentos y huesos al troncharse, le siguió una lluvia de sangre, tuétano y redaños que se esparcieron hasta una buena distancia. Afortunadamente soy perro viejo en estas empresas, así que previsoramente me había colocado con mis bártulos en una prudente lejanía.

Aún recuerdo cuando tuve que asistir a mi primer interrogatorio. ¿No se suponía que había que transcribir todo lo que dijera el penado? luego... ¿no había que colocarse bien cerquita para poder oír los  susurros que pudiera mascullar antes de desmayarse o sus últimas palabras de arrepentimiento, dichas entre estertores, justo antes de reunirse con Lutero en el infierno?

Me enternezco al evocar mi pristina y nerviosa entrada en la mazmorra luciendo un nuevo jubón de seda negra, birrete y gola recién planchada; colocando la mesa y la banqueta a escasa media vara de la soga donde se balanceaba boca abajo un mustio reo; ordenando pulcramente sobre aquella el candil, plumas, tintero, cuchilla, sellos, talco y pergaminos y sentado muy tieso y circunspecto a esperar que  alguaciles, verdugo y clérigos dieran por terminada la partida de julepe y decidieran comenzar la vista ¡En mala hora me arrimé en demasia! Al terminar la sesión estaba en el mismo estado que la actriz Sissy Speck en la película Carrie, tras tirarle Jhon Travolta encima el contenido de un odre lleno de sangre coagulada de cerdo. ¡Vive Dios! nunca hubiera imaginado que el Supremo Hacedor dotara a las criaturas corpóreas con tal panoplia de pegajosos humores.

Así pues, en este caso ni un pequeño pingajo de las entrañas de aquel desgraciado me alcanzó y contemple con fría mirada burocrática aquella trapisonda. ¡Si es que se veía venir! Resulta que el verdugo titular convalecía enfermo de garrotillo y la Secretaría del Corregidor resolvió remitir un interino que, para variar, no tenía ni idea de aquel negocio. De hecho su último ocupación había sido en un corralón de alfarería y, claro, no es lo mismo apañar un botijo o una tinaja que arrancarle con presteza las uñas a un hereje o estirarle hasta dejarle tal que pívot de baloncesto. No es de extrañar que al zagalón se le viera con más nervios que un filete de burra vieja.

Además, nadie molestose en instruirle que en la fase sumarial de lo que se trata es de hacerle pupita al procesado para que admita que es pecador y se arrepienta o, ya puestos, que recite el Cantar de los Cantares; pero todo ello sin llevarse por delante pie entero y cuarto del tobillo, que se disgregue el sujeto en tres pedazos o se le desprenda inopinadamente la espina dorsal. Si pasa esto, suele ocurrir que al pellejudo le de por morirse in continente y eso, lo del óbito, ha de quedar para el momento procesal oportuno.

No ha de extrañar, pues, que el Inquisidor pusierase hecho un Minotauro y menos mal que entre el licenciado Carrabús, Fray Bartolo, el cirujano-barbero de servicio y un servidor le pudiéramos sujetar, evitando así que introdujérale al bisoño verdugón un fierro candente por sálvese sea la parte.

¿Cómo iba a suponer el neófito torturador que a una criatura que se le ha hecho englutir 15 azumbres de agua con ayuda de un embudo, no se le debe alzar en la garrucha a más de tres varas de altura y dejarle caer de sopetón? Sobretodo si, a mayor abundamiento, lleva dos sacos de 5 arrobas de garbanzos atados a los pies; Que se puede reventar tal que una pompa de jabón. Sí, ya lo sé, lo especifica las ordenanzas, pero más le valdría al magistrado ir a cantarle las cuarenta al Corregidor y no pagarla con el novicio. Con el fin de evitar enojosa encuesta y fatigosos trámites levanté acta exponiendo que, en un descuido, el cismático suicidose golpeando la testuz contra un muro maestro.

Tras aquel desastre, que podría competir en nuestro ánimo con el de la Armada Invencible, marcháronse todos a un afamado ventorro que había a un par de cuadras de distancia, excepto el ex-botijero y un servidor, dejándome comisionado el Pesquisidor para que aleccionara a aquel en los rudimentos del negocio justiciero. Y a ello me dispuse, pese a no ser de mi incumbencia tal menester, sino de aquellos mismo que disponiánse a homenajear sus orondas panzas con el excelso jumilla que servían en la fonda. Vean vuestras mercedes que en esto, los tiempos no han mudado en exceso.

Más no había mucho que enseñar. Lo de la "escasez de medios personales y materiales" era ya de general aplicación en la justicia de la Monarquía Hispánica. Olvídense pues de sofisticadas mazmorras de muros móviles, misteriosos pozos con colosales péndulos afilados, complicados ingenios llenos de palancas y engranajes, sarcófagos de feminoides formas con aceradas púas y demás parafernalía. Aquello no pasaba de ser un mugriento corral atestado de viejos trastos que apestaba a vaca, gallinas y excrementos de rata, no muy diferente de los archivos de piezas de convicción de cualquier sede judicial de los presentes tiempos.

Respecto a los aperos propios del oficio, a los ya citados embudos y garrucha, sumemosles unas buenas sogas de esparto murciano, varios tipos de tenazas, un brasero y poco más. Habría que añadir la última adquisición, empeño modernizador personal del hasta hacía poco Supremo Inquisidor Mosén Bermejo. Trátase de un par de cabras, no más. Su utilidad consistía en maniatar al apóstata y untarle las plantas de los pies con grasa o sal, la cual era lamida por aquellas bestezuelas; siendo su lengua lo más parecido a una lija del siete, era algo digno de ver con que limpieza desollaban las susodichas extremidades. Se aconsejaba su uso también para las nalgas.

De mala gana comencé el pupilaje, y a tal fin, puse a disposición del frustrado torturador un manoseado y desencuadernado ejemplar del Directorium Inquisitoris para que se fuera familiarizando con el procedimiento. Quedome claro ipso facto que de latines no andaba muy ducho, puesto que tras observar durante un rato el ajado volumen con cara de becerro y la quijada inferior inclinada hacía abajo, pareció al fin encontrar el objeto y aplicación de aquellos pliegos; así, dándome las gracias, me lo retornó manifestando que ya había aliviado el vientre tras el desayuno.

Visto aquello, decidí dejar de lado la cuestión teórica y me dispuse a rebuscar entre montañas de mohosos cachivaches algún resto humano de cierta entidad u osamenta, propicios para realizar ejercicios prácticos. Quiso la fortuna que un cerdo de sonrosada corteza, regular tamaño y bizarros andares, confundiera su camino y entrara con aire despistado en la covachuela, decidiendo al punto utilizarlo para tales pericias. Le atamos las patas delanteras hacía atrás (lo que costó lo suyo, no crean), pasando la soga por la garrucha y le colgamos unos sacos con alubias a los perniles. Le elevé y le dejé caer cuatro o cinco veces, hasta que le quedó clara la técnica a mí discípulo. Seguidamente practicamos al uso de las tenazas y los tizones, en las que demostró tener una habilidad innata, por lo que pasamos prestamente al manejo del embudo. En este caso no pasó del aprobado raspado. Y así continuamos un buen rato.

Anunciaron El Ángelus las campanas de San Cucufato y redoblaron tras ellas mis tripas; presto propuse al educando que, en justo pago a mis paternales desvelos, desempolvara la faltriquera y se abonara magna frasca de tintorro amén de unas piezas de cecina, en el figón de la plazuela de las malas bestias. Sin más demora encaminamos nuestros fatigados pellejos a tan placentero destino.

¿Y cúal fue el sino del marrano? se preguntarán sus excelencias. Antes de nada, les diré en mi descargo que no hay en esta chancillería más raudo escribiente y más docto escribano conocedor de legajos, protocolos,  codicilios, memoriales, expedientes, cedularios, archivos y registros, pero con humildad cristiana he de reconocer que mi sapiencia del  sutil arte de sonsacar a los herejes es sólo fruto de una despreocupada observación. En suma, a la cerduna criatura hubo que recogerla con pinzas. ¡Ni para aviar morcillas valía!

Pero permitanme vuestras ilustrísimas que, antes de calarme el chapeo, mirar al soslayo y perderme por la abulense calle del cucadero, les brinde unos versos de un compadre llamado Juan de la Enzina, quizás apropiados para estos tiempos de crisis, muy dignos de ser leídos...  y oídos.




Todos los bienes del mundo
pasan presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.

El tiempo lleva los unos,
a otros fortuna y suerte,
y al cabo viene la muerte,
que no nos dexa ningunos.
Todos son bienes fortunos
y de muy poca memoria,
salvo la fama y la gloria.

La fama bive segura.
aunque se muera su dueño;
los otros bienes son sueño
y una cierta sepoltura.
La mejor y más ventura
pasa presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.

Procuremos buena fama,
que jamás nunca se pierde,
árbol que siempre está verde
y con el fruto en la rama.
Todo bien que bien se llama
pasa presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.


3 Comentar:

pepiño blanco dijo...

Dios guarde a Vd., Sr. escribano, más que a mí mismo, pues la lectura de sucedidos narrados con tanto acierto y amenidad nos compensan con enorme placer y gran dicha los esquivos resultados del galanteo con caprichosas doncellas.

Kraxpelax dijo...

Noncommercial advertisement! Just for once: plain honest no nonsense spam making no pretense being something else, with a real message and an sound errand. See Window Mirror and find out.

666; The Final Solution; and the Claim

http://winmir.blogspot.com/I am not anyone. I am unique.

And I tell you: the End is here. They are murdering Freedom. They are killing internet. They are ousting the middle classes, who control internet, throwing you all down into utter misery.

Heed this warning NOW. Tomorrow it will be too late.

- Peter Ingestad, Sweden

Anónimo dijo...

Qué dices pollo; que nuestra generación no es poliglota ni poligama.
De todas formas háztelo ver y que no sea grave, aunque pinta feo.

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