.

.

viernes, 25 de julio de 2008

RELATOS DE VERANO 2

EL EXPEDIENTE ETERNO

(CONTINUACIÓN)

Un Thriller por entregas que nos descubre el lado más lóbrego de la sociedad funcionera-judicial.
Héroes crepusculares, asesinos desalmados, expedientes disciplinarios, lagartonas sin escrúpulos...
¡... y mucho más!
Resumen de lo publicado: Galíndez, funcionario judicial y detective a tiempo parcial, investiga la desaparición de un antiguo pleito civil. En sus pesquisas interroga a un viejo funcionario jubilado, del que no saca nada en limpio salvo un dolor de cabeza, aunque sospecha de él y de un tramitador play boy de su propio Juzgado. La búsqueda de pistas le lleva al “Little´s”, un garito frecuentado por funcionarios judici)les fulleros, donde se incorpora a una reunión de capitostes, allí uno de ellos (concretamente una tía cañón del Decanato) le amenaza con darle de bajo definitivamente del escalafón. (Entrada publicada 17/07/08)

NOTA DE LA REDACCIÓN.- Ante el juego perverso al que se están dedicando los funcioneros de Justicia de Ávila, identificándose unos y otros con personajes que aparecen en este relato, diremos tal y como se suele decir en las películas, que CUALQUIER PARECIDO CON FUNCIONARIOS REALES ES PURA COINCIDENCIA (excepto el Sr. Petit, que a estas alturas todo el mundo sabe quien es).
Aunque, no obstante, siempre cabe la posibilidad que el subconsciente le haya jugado una mala pasado al autor.



********



Afortunadamente, en ese instante intervino Richochet, lo que me dio tiempo para reponerme de mi estupor.
—Tranquila Merche, que Galíndez es un funcionario legal. Y aquí todos somos unos profesionales de la cosa pública… ¿no?
—Rico… ¿por que no envías a la miembra a foliar un par de procedimientos? o mejor aún, a sacar brillo a los inodoros y así podremos hablar de cosas serias —dije con aplomo al tiempo que volvía la cabeza hacía el sindicalero.
Aquello fue Troya, o mejor dicho, como el anuncio de una inspección sorpresa del CGPJ.
—¡Machista de mierda, te voy a…! —Gritó Merceditas, al tiempo que se enderezaba en su asiento como con un resorte e introducía sus manos en un bolso TOUS con pinta de auténtico.
¡Aquel bolso debía ser el de Mary Poppyns! De allí salían paquetes de pañuelitos de papel, polveras, cerillas, juegos de llaves, un cepillo, un monedero, toallitas desmaquillantes, agendas, cajas de clips, un quitagrapas, tacos de Post it, tampones, un movil, varios preservativos, un paraguas… sin que ella consiguiera encontrar lo que frenéticamente buscaba y que, supongo, no sería su pintalabios precisamente. A todo esto, el gordito soltó una especie de carcajada que le hizo atragantarse con un sorbo de café y Calderón se echó precipitadamente hacía atrás para no interponerse en la posible trayectoria de tiro de la rubia, golpeando la mesa con las piernas y haciendo volar por los aires la cafetera, tazas, platos y demás menaje., que cayeron al suelo con estrépito.




—¡Se acabó el cachondeo!... ¡deja las manos quietas o te hago la raya en medio!… y tu, Galíndez, ¡cierra la bocaza si no quieres disfrutar los días de asuntos propios en el puto infierno! —gritó Ricochet.
Para resultar más convincente en sus argumentos sostenía en su mano derecha un reluciente Smith and Wesson, calibre folio prolongado. El oscuro agujero del cañón nos miraba alternativamente a la rubia y a mí.
La Gestora sacó lentamente las manos del bolso, sosteniendo en la izquierda un cigarrillo de boquilla dorada, que parsimoniosamente encendió con un encendedor de piel de cerdo y níquel. Luego se arrellanó en su sillón y, sin decir nada, se nos quedó mirando con cara de chiquilla enfurruñada a la que le hubieran quitado un chupa-chups.
Mientras un sudor frío recorría mi espalda y mis testículos se quedaban como los de un rottweiler, encogidos y bien pegaditos al culo, me hice mentalmente la promesa de evitar en los próximos días los pasillos oscuros y solitarios.
Sin dejar de vigilarnos, Ricochet depositó el arma en el lugar de donde lo había sacado. Un libraco hueco en cuya portada se podía leer Manual práctico para Delegados Sindicales del Sector Público en caso de conflicto colectivo. Autores: J. Lacuerda, M.V. Segarra y A. Capone, y en grandes letras rojas Usar sólo en caso de emergencia. Dejó el libro sin cerrar.




Luego se giró hacía mí. Volvía a lucir en su rostro su famosa y hueca sonrisa seduce-electores. Como la de Zapatero, pero sin cejas circunflejas.
—Galíndez… ¡me caes bien!... ¿Cuántos años llevas en la Administración Pública? ¿quince? ¿veinte? —No contesté y él continuó— . ¿Y qué has conseguido? Yo te lo diré. Seguir trabajando como un gilipollas por un sueldo de mierda y… ¡mírate!, te estás quedando calvo, llevas una camisa barata y tu coche es una chatarra. Tu mujer te dejó por un procurador… ¡un procurador, tío!... no se puede caer más bajo… ¿Cuánto sacas por husmear por las cerraduras de habitaciones de hoteluchos baratos?... Una miseria, seguro. Tu vida es una mierda tío.
Seguí escuchándole impertérrito, ajeno a las carcajadas de los otros dos fulanos y la sonrisa burlona de Merceditas.
—Fíjate en nosotros. Llevamos ropa de marca y podemos permitirnos el lujo de poner los pies sobre nuestras mesas y pasarnos tranquilamente la mañana leyendo la revista oficina y jardín o el Mundo Deportivo. O arrojarles los recursos a la cara a más de un Letrado diciéndole ¡te jodes, está fuera de plazo!, sin que nadie se atreva a decirnos ni mu. Eso es el Poder. Pero como ya te he dicho, me caes bien, así que en vez de ponerte unos zapatones de cemento y enviarte en comisión de servicios al fondo del pantano de Las Cogotas, tenemos una proposición que hacerte… —Mientras decía esto último arrojó unas hojas de papel sobre la mesa.
No necesité ver el membrete para darme cuenta de era papel de buena calidad, sin duda del Ministerio. Como mínimo de la Secretaria de Estado.



************



El noble y ancestral arte del escaqueo funcionarial tiene una normas muy precisas y entre ellas, está la de dejarse ver de vez en cuando por el espacio físico objeto del mismo. Dicho y hecho. Tras salir del Littel´s me fui al Juzgado, no sin antes hacer un par de paradas técnicas en dos garitos y tomar algo para templar los nervios. Un carajillo en el Bebe y Zampa y un capuchino doble en Al Pan pan y al Vino vino.
Una vez sentado en mi escritorio, volví a echar un vistazo a los papeles de Ricochet.
Me prometían varios trienios más por la patilla, horas de libre disposición, moscosos por un tubo, dietas de desplazamiento y locomoción, cursos remunerados de formación, complementos específicos y de productividad por la cara, licencias por enfermedad y paternidad, algo que no entendía sobre la masa salarial, un dedo de silicona con mi huella dactilar… un auténtico chollo. También había un compromiso de adjudicarme un destino de alto nivel y confort una vez entrará en funcionamiento la nueva oficina judicial, aunque, claro, cuando Ricochet habló de este punto en el Littles´s, a todos nos dio la risa.
¿El precio? No hacer nada. Olvidarme del expediente de marras.



Que te arrojen a la cara tu vida, como si fuera una toalla húmeda y pestilente es duro. Aunque sea cierto. Encendí un cigarrillo con un chisquero y miré a mi alrededor. ¿Qué porcentaje de mí vida trancurría allí? En la pared de enfrente estaba el enorme reloj que, aunque aparente, había comprado en un chino por tres euros. Junto a la fotocopiadora el equipo de música cutre incautado a algún chorizo, vete tú a saber cuando, donde escuchaba los melancólicos blues de mi grupo favorito, The Cirros. Bajo el mostrador un botijo donde alguien había escrito con rotulador negro propiedad de…
Apagué con furia el cigarrillo en un cenicero con el logotipo de STAJ y grité a las paredes.
—¡Me voy al archivo a buscar un expediente!
Esquive a Berta, una compañera Asturiana famosa por su locuacidad insaciable, y tomé el ascensor hasta el sótano.



El pasillo donde se encuentran los archivos tiene el techo bajo y por el discurren, a la vista, tuberías y conducciones eléctricas. Algunas de las lámparas fluorescentes parpadeaban insistentemente y además se oía un fuerte zumbido eléctrico procedente de toda la maquinaria que hay instalada por allí. ¿Recuerdan a la Teniente Ripley recorriendo despavorida y entre destellos de luz los pasillos de la nave Nostromo? Pues lo mismo.
Una vez ante la puerta del Juzgado nº 6, la abrí con mi llave maestra, fruto de un trabajito que hice en una ocasión para uno de los vigilantes de seguridad. Concretamente descubrir quién utilizaba la máquina de rayos x para aliviar las listas de espera de la Seguridad Social y, de paso, sacarse un sueldecillo extra.



Afortunadamente, los Auxiliares Judiciales de ese Juzgado debían de ser unos auténticos profesionales. Todo estaba perfectamente colocado e incluso se habían tomado la molestia de dibujar en una hoja de papel A-3 un croquis con la disposición de las estanterías. Lo miré con detenimiento… estantería 12, expedientes civiles anteriores a 1985. Busqué la estantería 12. Estaba claro, en el estante que correspondía al año 1970 había un gran hueco vacío. Acerqué mi rostro y… ¡que extraño!, aquello olía a… por el rabillo de ojo noté un movimiento y antes de que pudiera hacer nada, algo me golpeó en la nuca. Los contornos de la habitación se agrandaron, se hicieron vagos y difusos, de pronto el suelo se levantó de su sitio y me golpeó en la cara. Me fui flotando a alguna parte…


*********


Abrí un ojo y vi… ¡un santo!, con sus manitas juntas, una sonrisa angelical y una aureola brillante tras la cabeza. ¿La había palmado y estaba en el cielo? ¿Tenía razón entonces el Padre Sotanillos?
Estaba tumbado de espaldas en el suelo y conseguí incorporarme con dificultad, como si me despegara de un barrizal, hasta quedar sentado. ¡Claro!, aquello era la figura de escayola que durante años estuvo en las antiguas dependencias del Juzgado nº 2 y que tras el traslado se debió bajar al Depósito de Piezas de Convicción. Pues allí es donde estaba. Me dolía la cabeza y gemí, además tiritaba de frío, no sólo por la humedad de aquel sótano, sino por la simple razón de que me encontraba en pelota picada. En el suelo, junto a mí, había un tomazo de jurisprudencia del Tribunal Supremo, sin duda el arma que habían utilizado para noquearme. Si llegan a utilizar uno del Constitucional seguro que a estas horas estaría tumbado en una fría mesa de mármol con el cráneo abierto y alguna de esas simpáticas forenses hurgando en mi cavidad abdominal o introduciendo trocitos de mis vísceras en pequeños tubos de cristal.



Trasladarme desde el archivo hasta allí podía tener su lógica. El Depósito estaba ubicado en uno de los extremos del semisótano, donde no había nada más. Por allí no circulaba el personal. Además para alcanzar el exterior había un pequeño pasillo con dos puertas macizas. Me podía pasar una semana gritando con un megáfono, caso de tenerlo, sin que me oyera nadie.



Estaba bien jodido… aunque, un momento ¡Pero sí estaba en un depósito judicial! ¡Aquello es la boutique del butronero!... Palanquetas de todos los tamaños y modelos, enormes radiales, gatos hidráulicos, picos, taladros eléctricos, cizallas, destornilladores, prolongadores eléctricos, guantes y botas de trabajo, gafas protectoras, mazas con la cabeza del tamaño de un melón, cuñas metálicas… todo desperdigado a mí alrededor. Además ¿a cuántos lanzamientos había asistido en mi vida profesional? ¿A cuántos cerrajeros había visto despanzurrar puertas? Ni se sabe.



Antes que nada decidí buscar algo de ropa. Recordaba que en las estanterías del Juzgado nº 1 había un buen montón de sacos de basura negros con ropa intervenida en algún mercadillo. En la primera bolsa que abrí sólo había objetos falsificados de la marca Play Boy. No era precisamente ligueros y braguitas comestibles lo que andaba buscando, así que la dejé a un lado y cogí otra. Dude por un instante entre unos Lacostte de colores chillones, aunque el logotipo más que un lagarto parecía un cerdo de color verde con mandíbulas prominentes, y unas camisetas GURÚ. Finalmente me decidí por una de éstas últimas de color rojo y una gigantesca margarita en la espalda. De una gran caja de cartón saqué un montón de pantalones vaqueros. Debían ser un modelo para raperos por que me venían todos enormes, así que me puse uno y lo ajusté a la cintura con un trozo de cuerda. Unas viejas botas manchadas de yeso y pintura y listo. Por supuesto todo aquello apestaba a rancio y humedad.



Para mi sorpresa, la primera puerta estaba abierta. Me planté ante la segunda y medité un momento. Decidí dejarme de sutilezas y emplear directamente una radial tamaño brutal. Apoyé el disco contra el borde de la puerta y pulsé el interruptor… ¡ÑIIIIIIIIIIIIIIIIC!... Todo el estrecho pasillo vibraba como si pasara por allí un tren de mercancías. Del techo y paredes se desprendían trozos de escayola que caían sobre mí, formándose una gran polvareda que apenas me dejaba ver o respirar. Paré un momento y decidí meter un par de cuñas en el pequeño hueco que se había formado. Agarré una maza que apenas podía sostener y me puse a dar golpes como un poseso… ¡POM… CATAPLUM!... creo que perdí la cabeza. ¡Tenía que salir de allí! Cuando me quedé sin fuerzas y jadeante, le eché un vistazo a la puerta… allí seguía tan pancha, pero el tabique contiguo tenía un buen agujero. Sacando fuerzas de flaqueza pegué un buen par de mazazos hasta conseguir ampliar el hueco. Gimoteando como un enajenado, sudoroso y con la garganta seca, me introduje por él con dificultad. De pronto unas manazas sujetaron mi cabeza y tiraron de mí, cayendo boca abajo en el pasillo exterior. Al tiempo que una rodilla se clavaba en mi espalda, tiraron de mis brazos hacía atrás y noté algo frío y metálico en las muñecas.



—¡Te pillé, mangante! —Dijo una voz.
Sentí que unos fuertes brazos me daban la vuelta.
Volví a oír la misma voz y entonces la reconocí. Era De Vitto, el vigilante de seguridad tamaño armario ropero.
—¡Pero si eres Galíndez!... ¿Qué coño haces vestido de hippy?...


***********


Aquel despacho era todo lo que debía ser un despacho. Largo, sombrío, tranquilo; las persianas estaban entreabiertas para evitar el resplandor del Sol y las cortinas hacían juego con una alfombra en la que una ardilla se podía pasar una semana sin que nadie notara su presencia. Las paredes estaban decoradas por fotografías enmarcadas, entre ellas una del actual Ministro vestido de Indiana Jones y rodeado de bichos muertos.
Se abrió la puerta y entró el Decano. Por la forma de morder el puro que llevaba en la boca era evidente que estaba muy cabreado. Atravesó a paso vivo la habitación y se sentó tras el escritorio, echando una gran bocanada de humo. Tras él, entraron Ricochet, Merceditas y… Vanesa Muñoz. Se sentaron silenciosamente.



—¡Bien!... ¿Quién ha sido el salvaje que ha hecho eso con mi puerta y mi tabique? ¿Alguien sabe el papeleo que conlleva algo así? En la Gerencia van a querer patear algún culo… ¡y les aseguro que no será el mío! —dijo el Decano dando un buen par de dentelladas al puro y mirándome fijamente.
No podía se de otra forma. Allí estaba yo, sentado en una silla, vestido como un fantoche, esposado, sudoroso, cubierto de restos de yeso y polvo, con el vigilante de seguridad tras de mí con los brazos cruzados.
—Joder, De Vitto… quítele las esposas no creo que vaya a cometer ninguna tontería. —exclamó.
—¿Podría tomar algo? —Tenía la garganta como un papel de lija y apenas pude decir esto con un hilillo de voz.
Mi aspecto debía de ser tan lamentable que, sin decir nada, el Decano me sirvió una taza de café de un termo, que sacó de una pequeña caja fuerte que tenía detrás de él. Era tan espeso que iba a tener que utilizar cuchillo y tenedor para tomarlo. Me lo tragué como pude.



—¡Ya se lo que ha pasado con el expediente! —dije con solemnidad
— ¿Expediente?... ¡Nadie me ha dicho nada de un expediente! —dijo con sorpresa el Decano fulminando con su mirada a Ricochet y a Merceditas.
Durante varios minutos hablé sin que me interrumpieran sobre el encargo de la Srta. Muñoz, mí entrevista con el Jubilado, el encuentro con Ricochet y compañía en el Littel´s, lo sucedido en el sótano…
—…El interés que mostraron Ricochet y Merceditas para que me olvidara del asunto me convenció de que fueron ellos, solos o compinchados con otros fulleros, quienes robaron el expediente. Ahora bien, los chanchullos que me ofrecieron no son de los que están a su alcance, por lo que deduzco que el robo estuvo instigado por algún pez gordo del Ministerio —Esto último hizo que el Decano se moviera inquieto en su sillón.
—Aunque son carne de expediente disciplinario —continué diciendo— no dejan de ser funcionarios de carrera, gente capaz de esconder papeles o escaquearse, pero impotentes para destruirlos. Sería como una profanación. No está en su naturaleza funcionera hacer algo así. Decidieron dárselos a Peláez para que los custodiara…
—¡Rápido! —dijo precipitadamente el Decano, al tiempo que hacía además de coger el teléfono— hay que enviar a alguien a casa de ese viejo chivo y recuperarlo.
—Ya no lo tiene —dije lacónicamente.
Ahora fueron Ricochet y Merceditas los que pusieron cara de sorpresa.
—¿Entonces dónde coño está? —gritó el Decano.
—Verá, justo antes de quedarme KO noté que la estantería donde estuvo archivado el expediente olía a… palomino
— ¿Quee?... —exclamó a punto de tragarse el puro. Hice caso omiso de su mirada y continué
—Me refiero a excremento de palomas. No sé si lo sabrá, pero antes de la construcción de este edificio los expedientes antiguos estuvieron archivados en uno de los sótanos de la Audiencia Provincial. Pues bien, una de los ventanucos tenía los cristales rotos, así que durante años esas sabandijas anidaron en su interior. El problema no era encontrar un expediente en aquel archivo, lo jodido era evitar que te cayeran en la cabeza los huevos de los nidos y no coger la peste bubónica o algo así, por culpa de la capa de mierda que los recubría…Srta. Muñoz —dije mirándola— ¿me equivoco si digo que Vd. tenía en el Juzgado sólo el último tomo? Probablemente los anteriores ni los haya llegado a ver.
No hizo falta que contestara afirmativamente y continué
—Sin embargo, el olor de la estantería era muy tenue por lo que supongo que el robo ocurrió hace años. Recordé también que el mazo de folios que me enseñó Peláez eran, sin duda, muy viejos y tenían un extraño aroma que en ese momento no reconocí, pero ahora sé que era a cagarruta palomitera. ¿Y a qué se ha dedicado nuestro amigo durante los últimos años? Pues a mandar oficios, informes y Dios sabe qué a cientos de organismos oficiales. ¿Y qué papel cree Vd. que ha utilizado para ello? —pregunté mirando al Decano.



Me serví un castañazo del café del termo y cogí un cigarrillo de un paquete que había sobre el escritorio.
—A Peláez le gusta el papel tamaño folio sin normalizar, sí además está apergaminado y lleno de viejos timbres y pólizas, mucho mejor. Y en aquel cúmulo de tomos que le habían entregado tenía una fuente prácticamente inagotable. Pacientemente los borraba o, simplemente, mecanografiaba sus ocurrencias en el reverso. —hice una pausa para tomarme el café y encender el cigarrillo, y continué— Imagino que el último tomo, o al menos parte de él, lo he tenido esta misma mañana en mis manos. Ahora probablemente estará viajando en algún furgón de Correos rumbo al Ministerio, donde seguro que acaba en una trituradora o directamente en la basura. Que es donde habrán acabado todos lo que ha enviado a lo largo de los últimos años.



Durante un buen rato, nadie dijo nada. El puro del Decano se movía a una velocidad endiablada de un lado a otro de su boca, echando humo como una central térmica de carbón.
—¿Entonces qué propone que hagamos? —me preguntó.
—Nada. El expediente es irrecuperable y no creo que ninguno de estos dos —dije señalando con la cabeza a Ricochet y Merceditas— sepan con certeza quién ordenó despistarlo. Quien lo hizo, seguro que utilizó a algún lameculos de tres al cuarto para que diera la cara. El inductor puede ser desde un Director General hasta… el propio Ministro, pasando por un Secretario de Estado o un Subsecretario ¿Quiere Vd. meterse en ese berenjenal? — Las miradas se dirigieron inconscientemente hacía la fotografía enmarcada. A todos nos dio la impresión que el rostro ministerial ya no sonreía tanto y que en cualquier momento podría saltar desde la pared hasta el centro de la habitación, blandiendo aquel escopetón y montar una buena escabechina.
—¿Y cómo justifico yo el destrozo del sótano? —volvió a preguntar el Decano.
—¡Por el amor de Dios!, Decano, estamos en los Juzgados. Por aquí pasan todos los días cientos de chorizos habituales. Se le ofrece a cualquiera de ellos un buen trato de favor y seguro que acepta encantado comerse el marrón —dije con una sonrisa.
—Pero, ¡un momento!, seguimos sin saber quién le pegó el tochazo ¿fue alguno de estos dos bandarras? —preguntó el Decano mirando al par de fulleros.
—No. Fue el Sr. Petit —contesté.



Eché un par de caladas al cigarrillo y continué.
— En realidad el incidente no tiene nada que ver con el expediente. Simplemente ocurre que a todo cerdo le llega su San Martín, y así, nuestro látin lover particular se ha enamorado hasta las trancas de la Srta. Muñoz. Y, claro, nos vio hablar un buen rato muy juntitos y cuchicheando y pensó que yo tenía intención de intercambiar pomelos con ella. Me siguió hasta los archivos y decidió quitarme de en medio o simplemente desprestigiarme, de ahí lo de dejarme en cueros. —miré en dirección de la Srta. Muñoz, ruborizada hasta las pestañas, y le pregunté
— ¿No notó algo raro en él últimamente?
—Pues ahora que lo dice… verá, frecuentaba con asiduidad mi Juzgado y se plantaba frente a mi mesa, mirándome fijamente, haciendo posturitas y cosas raras con la lengua ¿se refiere a eso? —me contestó.
—A mayor abundamiento le diré —continué dirigiéndome al Decano —que mientras buscaba ropa, abrí por error una bolsa con objetos de Play Boy. Pues bien esa bolsa la deposité yo allí hace semanas y recuerdo que en la parte superior había unos juguetitos… ¡ejem! digamos que de uso no muy ortodoxo. Esta mañana cuando la abrí, tales objetos ya no estaban… ¡La persona que me golpeó estaba interesada en ese tipo de artículos de goma! ¿Quién se entretendría en algo en así? La respuesta es obvia.
Un largo silencio se adueñó del despacho, hasta que el Decano se levantó de su asiento y grito
—¡Fuera todo el mundo!... Y no lo olviden, aquí no ha pasado nada… ¡Largo!



Lentamente salimos del despacho y Vanesa me agarró de un brazo, preguntándome en voz baja y lastimera
—¿Y qué hago yo con el expediente?
—Tengo entendido que esta Vd. pendiente de la resolución del concurso de traslado y que es seguro que se marcha destinada fuera. Además disfruta en agosto sus vacaciones ¿no es cierto? — dije mirándola fijamente —Pues actúe como una auténtica profesional. De largas al asunto y quien venga a su plaza… ¡que cargue con el mochuelo!

**********

Las 14:35 ¿No se supone que teníamos jornada de verano reducida? Como decía un antiguo Secretario de grato recuerdo, ya estábamos perdiendo dinero, así que me encaminé a la salida del edificio. Me despedí con un gesto de cabeza de los vigilantes y Guardias Civiles y salí al exterior. Brillaba el Sol con fuerza y allí estaban Ricochet, Pericles, Merceditas, Sr. Petit, Calderón y otros Funcionarios.
—¡Galíndez!, parece que vas a seguir con tu misma vida de mierda… ¿Hace unas cañitas? —me gritó alegremente Ricochet.
¿Y por qué no? Ya estaba harto de tanto café.




Fin
versión PDF

3 Comentar:

Anónimo dijo...

Mejor que la primera parte, sigue así, esperamos la continuación.

Anónimo dijo...

Después del escalofriante relato "El Expediente Eterno" he dejado de creer en la administración de justicia, que no en la Justicia.

Con semejantes funcionarios ( el alcoholizado dormilón, el adicto al sexo oral -ya sabéis, bla,bla,bla- el pendón verbero, el gordito matón y el resto del elenco) estamos jodidos y rejodidos.

Suerte que nuestro escribano de cabecera no ha tenido arrestos suficientes para dedicarles unas líneas al resto habitantes, de eso que llaman juzgados cuando quieren decir prostíbulos de la ley; me refiero a las procuradores, abogados y por supuesto a los jefes, magistrados, fiscales y secretarios (que todo el mundo sabe que existen pero nadie saben dónde están)

Tal vez algún día el casquete polar sea sólo un recuerdo más.

Anónimo dijo...

Se dice, se comenta; en definitiva se rumorea que Francis Ford Coppola (prestigioso director norteamericano donde los haya y autor de memorables películas como "Los Bingueros" y "A tramitar, a tramitar hasta enterrarlos en el mar") ha leído la traducción pirata en italiano que circula en la red, y, insisto, siempre con la mayor de las cautelas, se ha encaprichado con comprar los derechos para hacer una peli.

Incluso ya se barajan algunos nombres que formarían el elenco artístico. Sin duda, por lo que cuentan, el papel más cotizado es del Sr. Petit, puesto que se lo han pedido Brad Pitt y George Clooney, Merceditas casi si se puede decir sin miedo a cagarla que sería para Scarlett Yojanson (una exageración sin duda). Todavía no estaría cerrado lo de Galindez, todo porque Rusell Crowe se niega a portar calva; y del resto lo de siempre, que a Pajares ya le han dicho por activa y por pasiva que deje correr el aire.

Baltasar Garzón, me comunican, acaba de abrir unas previas; por lo que pueda pasar.

P.D. No se verá ni una miserable teta.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...